Por Alberto Benegas Lynch (h)
Frecuentemente se sostiene que la
intromisión de los aparatos estatales en las esferas privadas se
justifica debido a la creciente complejidad del mundo moderno. Antes, se
continúa diciendo, son comprensibles los indicadores de baja
participación del estado en la vida privada debido a la relativa
simplicidad de las cosas, ahora, en cambio, la situación se ha venido
modificando por completo y todo es mucho más complicado.
Estas conclusiones son del todo erradas
puesto que precisamente la mayor complejidad es la razón central para
que los gobiernos no se inmiscuyan en las vidas y las haciendas de la
gente. Esto es así por un motivo crucial de carácter epistemológico. Es
decir debido a la teoría más rigurosa del conocimiento. Una mente -la
del planificador- no puede ni remotamente abarcar las millones y
millones de transacciones y arreglos contractuales varios entre los
habitantes.
Y no solo por la limitada capacidad intelectual de los
humanos sino, sobre todo, porque los datos no están disponibles antes
que ocurran los referidos intercambios que además se llevan a cabo en
base a información y conocimientos que están inexorablemente
fraccionados y dispersos entre aquellos millones y millones de
operadores que, como si fuera poco, son permanentemente cambiantes y,
para rematarla, muchos de esos conocimientos son tácitos, es decir, no
articulables por el propio sujeto que posee el talento.
Muy al contrario de lo que habitualmente
se sostiene, si las relaciones sociales fueran simples, las
imposiciones gubernamentales en los negocios privados serían también
perjudiciales puesto que los resultados serían otros de los preferidos
por la gente, pero el daño sería muchísmo menor que el provocado en una
sociedad compleja por las razones antes apuntadas.
Michel Polanyi en The Logic of Liberty nos
explica que, dada la arrogancia y la soberbia, cuando se observa algo
ordenado se supone que alguien lo ordenó conciente e intencionalmente de
ese modo. Y eso es efectivamente así en algunos casos, por ejemplo, el
autor ilustra su comentario con los ejemplos de un jardín bien arreglado
o una máquina que funciona bien de acuerdo a la programación etc. Dice
que esta es una obviedad: el funcionamiento en concordancia con un plan
preestablecido, lo cual no puede ni debe extrapolarse a todo tipo de
orden ya que hay otros tipos de ordenes que no se basan en el principio
obvio que se ha mencionado.
Polanyi alude a esos otros tipos de
ordenes, por ejemplo, escribe que el agua en una jarra “se ubica
llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta el
nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre”, lo cual
constituye una situación que ningún ser humano puede fabricar en
concordancia con “un proceso gravitacional y de cohesión”.
En esta línea argumental Polanyi llega
al punto medular de su trabajo al señalar que el orden espontáneo en la
sociedad o “la mano invisible” se logra al permitir que las personas
interactúen en libertad sujetas solamente a normas de respeto recíproco
en cuanto a iguales facultades de cada uno. Esta era la idea de Adam
Smith al referirse a la mano invisible en el mercado, se trata de la
coordinación de las transacciones en base a precios. Se trata de
personas que al atender sus intereses particulares están generando un
sistema que no está en sus posibilidades individuales construir.
Leonard Read ha escrito un muy difundido
artículo titulado “I Pencil” que ha sido muy favorablemente comentado,
por ejemplo, por los premios Nobel en economía George Stigler y Milton
Friedman, en el que el autor le da la palabra a un simple lápiz al
efecto de recorrer los muy diversos lugares geográficos y los
complicados procedimientos para su producción, desde la elaboración del
caucho para la goma de borrar del lápiz, las empresas carboníferas para
la mina, el barnizado, el metal y los procesos de siembra de árboles,
tala, aserraderos y distribución, para no decir nada de las mismas
empresas de transporte, cartas de crédito y problemas de administración y
finanzas de la cantidad de emprendimientos en sentido vertical y
horizontal comprometidos en la producción de un lápiz, para concluir que
nadie en soledad sabe fabricar ese simple objeto. Sin embargo, en los
procesos abiertos se coordinan esos conocimientos fraccionados y
dispersos para contar con ese aparentemente sencillo producto que cuando
se pretende ejecutar en un sistema autoritario nadie sabe si los
procesos son económicos debido a la intromisión en los precios y de allí
malas calidades, faltantes y otros desajustes y descoordinaciones.
Entonces, cuanto más compleja la
sociedad mayor el peligro de concentrar ignorancia en las mentes de los
planificadores gubernamentales puesto que se bloquea la referida
coordinación para sacar partida del conocimiento siempre distribuido en
las mentes de millones y millones de personas. La soberbia y la
arrogancia de los planificadores pone al descubierto ignorancias supinas
sobre el funcionamiento de una sociedad abierta.
El estatismo también está estrechamente
vinculado a una noción bastante gaseosa y muy poco calibrada de lo que
significa la acción propiamente dicha de los integrantes de los aparatos
estatales que originalmente, en la mejor tradición constitucional,
pretendía traducirse en una efectiva protección de los derechos de cada
uno. El estatismo por el contrario desvía la atención del Leviatán hacia
el abandono de esas funciones clave para incursionar en todo tipo de
reglamentaciones coactivas para con las pertenencias de los gobernados
hasta que resulta impropio aludir al ciudadano para más bien referirse a los súbditos.
Se pierde la noción del significado del estatismo puesto que se piensa
livianamente que los recursos provienen de una fuente mágica sin
considerar que todo lo que hace el estado lo realiza merced a que
succiona los recursos de otros: reclamar que el gobierno haga tal o cual
cosa es reclamar que el vecino se haga cargo por la fuerza y esto es
ilegítimo y contraproducente cuando se aparta de su misión de velar por
los derechos de todos.
Pero más aun, en este malentendido hay
algo peor y es que se estima que el gobierno al recurrir por la fuerza
al bolsillo ajeno está ayudando a los relativamente más pobres al
entregarles los recursos así obtenidos (aun suponiendo que no se los
quedaran los miembros del elenco gobernante). Pero, dejando de lado
aspectos éticos, al proceder de este modo se está contribuyendo a
aniquilar las tasas de capitalización lo cual se traduce en una mayor
pobreza, especialmente para los más necesitados.
Incluso puede decirse que los ladrones
privados siendo un horror son más sinceros que los ladrones
gubernamentales, por eso recurren al antifaz o al pasamontañas: saben
que lo que hacen está mal. Sin embargo los ladrones gubernamentales
arrancan el fruto del trabajo ajeno a cara descubierta y “para beneficio
del pueblo”. Y no es que necesariamente el ladrón gubernamental se
lleve recursos a su casa (lo cual no es extraño) sino que se confirma el
robo cuando en lugar de proteger a los gobernados los expolian, no
importa el destino cuando excede la función de garantizar la justicia y
la seguridad (las dos cosas que habitualmente no hace).
Por su parte el socialismo en gran
medida se ha concentrado en otros tres canales para la difusión más
efectiva de su ideario al encontrar que la exposición directa del tema
de la pobreza a esta altura de los acontecimientos resulta poco práctica
dado el correlato entre libertad y progreso que se ha puesto en
evidencia una y otra vez. No es que se haya abandonado esta ruta pero
los más radicales descubrieron que para cercenar derechos individuales
resulta fértil recurrir al ambientalismo, la guerra contra las drogas y
los resultados de las políticas que suelen adoptarse con la idea de
contrarrestar los terrorismos, temas a los que solo menciono a
vuelapluma puesto que me he referido en detalle a los tres en distintos
ensayos y libros de mi autoría. Por otra parte, indico a título de
ejemplo tres autores (uno en coautoría) que con admirable rigor y
enjundia tratan esos temas tan cruciales que han modificado la vida de
la gente en nuestra época. Primero, el tratado de T. L. Anderson y D. R.
Leal Free Market Environmentalism, segundo los múltiples y
notables escritos que condenan la llamada “guerra contra las drogas” por
parte del antes mencionado Milton Friedman, y tercero la obra de James
Bovard titulada Terrorism and Tyrany. Trampling Freedom, Justice and Peace to Rid the World of Evil.
Lo curioso y paradójico es que no pocas
de las víctimas se tragan el anzuelo de aquellas políticas erradas y se
comportan tal como consigna la antiutopía de Huxley en cuanto a que los
mismos perjudicados piden ser esclavizados.
Anderson y Leal muestra que con el
pretexto de cuidar la propiedad del planeta se destruye la propiedad
privada a través de los llamados “derecho difusos” y la “subjetividad
plural” en el contexto de lo que en economía y en la ciencia política se
denomina la tragedia de los comunes. Por su parte, Friedman
concluye que “Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero
criminalizarlas convierte en un desastre para la sociedad, tanto para
los que las usan como para los que no las usan” (The Wall Street
Journal, septiembre 7, 1989) y también escribió que “Como nación
[Estados Unidos] hemos sido responsables por el asesinato de
literalmente cientos de miles de personas en nuestro país y en el
extranjero por pelear una guerra que nunca debió haber comenzado y que
solo puede ganarse, si eso fuera posible, convirtiendo a los Estados
Unidos en un estado policial”( en Prólogo a After Prohibition de
Timothy Lynch). Y en el tercer caso sobre el terrorismo, es pertinente
consignar una cita que Bovard hace de Benjamin Franklin en el sentido de
que “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener
seguridad, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.
De cualquier modo, aquellos tres temas
están destruyendo y atropellando de la forma más brutal las libertades
básicas a través de políticas gubernamentales que eliminan el secreto
bancario, proceden a escuchas telefónicas, se deja de lado el debido
proceso, se trata como delincuentes a inocentes que administran o
transportan sus ahorros, se espían correos con lo que se invaden
privacidades y se lesionan gravemente los derechos de las personas.
En todo caso, enfatizo que las
complejidades requieren el uso más urgente de conocimiento para resolver
problemas respecto a las relaciones simples y que el estatismo, además
de desarticular el antedicho conocimiento, inexorablemente deteriora la
condición moral y material de quienes lo padecen en el contexto de
complicar inútilmente la vida de los que se ven forzados a financiar los
emolumentos de los complicadores.
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