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Wednesday, August 24, 2016

La opresión del Estado y su dictadura fiscal

Impuestos
Hoy en Occidente creemos que sólo son genuinas democracias las nuestras. Y sin embargo hay algo en ellas que no tiene nada de democrático, como es el modo en que se recaudan los impuestos. Bajo el pretexto de ser necesarios para pagar las pensiones, la sanidad y la educación, se cometen los más ignominiosos atropellos sin que nadie se oponga, porque la mayor parte de los ciudadanos cree, aunque en muchos casos no sea verdad, que son beneficiarios netos del sistema. Hoy es más fácil ingresar en prisión preventiva sin fianza por ser acusado de delito fiscal que por serlo de estafa, apropiación indebida o alzamiento de bienes. Y es un disparate.



Los parlamentos nacieron para controlar lo que gastaba el rey y no pagar más impuestos que los justos. Hoy ocurre lo contrario. El electorado, que piensa que todo es en su beneficio, se convierte en cómplice y aplaude y respalda esta forma casi confiscatoria de recaudar, creyendo que es indispensable para poder pagar el Estado del Bienestar. En realidad, eso es sólo el pretexto. Se recauda así para tener con qué pagar las muchas subvenciones, prebendas y ayudas que los políticos reparten entre los suyos y sus amigos, incluidos muchos empresarios. Y los contribuyentes afectados callan, silencian y ocultan el maltrato que sufren porque, en caso de denunciarlo públicamente, son inmediatamente tachados de defraudadores. En pocas dictaduras pasan estas cosas.

La opresión del Estado y su dictadura fiscal

Impuestos
Hoy en Occidente creemos que sólo son genuinas democracias las nuestras. Y sin embargo hay algo en ellas que no tiene nada de democrático, como es el modo en que se recaudan los impuestos. Bajo el pretexto de ser necesarios para pagar las pensiones, la sanidad y la educación, se cometen los más ignominiosos atropellos sin que nadie se oponga, porque la mayor parte de los ciudadanos cree, aunque en muchos casos no sea verdad, que son beneficiarios netos del sistema. Hoy es más fácil ingresar en prisión preventiva sin fianza por ser acusado de delito fiscal que por serlo de estafa, apropiación indebida o alzamiento de bienes. Y es un disparate.


Saturday, July 2, 2016

Papeles de Panamá: El efecto de Estados insaciables

El Estado nos exprime
Los últimos días diversos medios de comunicación se han “rasgado las vestiduras” con la filtración de los documentos privados de la firma “Mossack Fonseca” con casa matriz en Panamá, lo cual, ha incendiado un debate al borde del ridículo en torno a lo “vil y perverso de los ‘paraísos fiscales’” y “el deber de pagar impuestos”.
Lo primero que hay que aclarar es que no existe la denominada “filtración”. La firma mostró pruebas de un ataque cibernético que vulneró su sistema y, para dolor de los periodistas, se efectuó una apropiación indebida de parte de su información, de miles de personas, por lo tanto destruyendo el principio de privacidad y el de propiedad.



Fuera de este poco debatido tema, el problema de fondo radica en la acción “impropia” de algunos en evadir el pago de impuestos, en desmedro de los Estados, generando “una situación de desigualdad” y por ende “una trampa al sistema”.  Esta actitud, condenada por los mesiánicos estatistas de todos los continentes y los socialistas de todos los partidos, es una “punta de lanza” para condenar la creación de riqueza y establecer un control del Estado sobre lo que la gente gana.
No estoy defendiendo a los que usan estas instituciones para el lavado de dinero ilícito o dinero robado a sus países de origen. Hablo de la gente que produce su dinero trabajando y arriesgándolo y quiere protegerlo de la inmensa voracidad del Estado que no sabe ya cómo exprimirnos más. ¿Por qué hay que castigar el éxito? ¿Por qué un artista o un futbolista ¡o cualquiera! tiene que pagar más de la mitad de sus ingresos al Estado? ¿Dónde está lo moral en ello? ¿Cuánto es lo justo?
Los impuestos, palabra que por sí sola denota una acción de violencia, es el pago que se realiza al Estado por nuestras ganancias en distintas actividades, transacciones activas o pasivas. Es el manantial del que se nutre el aparato estatal, muchas veces ineficiente, y que algunos aspiran a que controle las diferentes facetas de nuestras vidas en nombre de la redistribución de la riqueza. En el fondo, las sociedades establecidas en “paraísos fiscales”, lo que hacen es establecer un emprendimiento con menor presión fiscal que permita generar riqueza, arriesgando al igual que en todo negocio, su capital y recursos en beneficio de sus miembros, empleados y clientes. Es gente que trata de proteger lo que posee de las garras del Estado. ¿No haría Ud. lo mismo?
¿Cuál es el problema de que una persona arriesgue sus recursos fuera de la tutela del Estado? La respuesta a la pregunta enunciada es lógica: Ninguno. Sin embargo el problema radica en que escapan al alcance del Estado, de su influencia y de la capacidad de controlar su ganancia para nutrir el obeso aparato Estatal. Por eso las protestas.
En el fondo de toda esta persecución se esconde la frustración que ven muchos burócratas y políticos para hacerse de nuevos recursos que, de una u otra forma, alimentan una serie de relaciones que no necesariamente benefician a la sociedad. Éstas establecen regulaciones y límites que son en efecto lo que perjudica la generación de riqueza, emprendimiento, empleo y el ejercicio pleno de la libertad, restringiendo el mercado e incorporando al Estado en labores económicas que no le son propias, estancando el progreso de diversas sociedades, oprimiendo al individuo, es decir las razones por las cuales muchos optaron y eligen salir de rango de influencia.
Por lo tanto, esta situación es un paradójico ejemplo de qué manera se condena a personas y sociedades que no necesariamente han cometido un ilícito, con recursos propios y arriesgándolos en el mercado optando por una libre competencia, apuntándolos con el dedo “de no aportar a sus países” por la vía del impuesto y “fomentar la desigualdad”.
Sin embargo, la corrupción y derroche de los recursos públicos por parte de burócratas, día a día, parece ser santificado por el mesiánico estatismo, sin necesidad de “Panama Papers”, justificando otra vez la acción violenta de los impuestos sin límites, pues una vez que se encuentran establecidos poco se puede hacer para erradicarlos.
Es en este sentido que en Europa, específicamente en la Francia gobernada por Hollande, se aspira a su crecimiento constante para financiar “programas provisonales” que como todos sabemos, y ya lo decía Ronald Reagan, terminan siendo permanentes.  En el debate presidencial de Estados Unidos no es un tema menor, el precandidato demócrata Sanders, ha manifestado abiertamente la importancia de subir los impuestos a las ganancias y a la riqueza – y Hillary Clinton va por el mismo camino. Subir los impuestos es una forma de castigar sin tapujos a quienes han aportado a la sociedad y es una forma de incentivar la envidia en la sociedad. Es un castigo para los que buscan mejores opciones, sin apelar a recursos públicos, que arriesgan sus propios recursos. Los “paraísos fiscales”, además de ser legales, ofrecen mercados con mejores opciones de competencia lejos de la influencia estatal.
¿”Papeles de Panamá” o Estatismo a la ofensiva? Quizás en este caso debemos comenzar por romper con el discurso hegemónico establecido, ha sido un trabajo centralizado y fríamente calculado por quienes se asignan el rol “moral” de los medios de prensa y asociaciones afines.  Es lamentablemente una corriente de argumentos estatistas que ha visto en esta “punta de lanza” un argumento más para atacar al libre mercado, potenciar el rol del Estado en la economía, justificar la regulación y legitimar un acto de violencia contra la propiedad: Los impuestos.
Se ha condenado y apuntando con el dedo a miles de personas por ejercer su libertad en los mercados, nuevamente explotando la envidia amparados bajo el argumento de la desigualdad.  Quizás es la instancia para cuestionar e inquirir a nuestros gobiernos para poner en el debate el límite a los impuestos, un rol eficiente y no interventor, un Estado subsidiario y con límites, balance de poder y fin a las dictaduras “ya sean rojas, amarillas o pardas”  que atentan contra nuestra propiedad y la capacidad de poder administrar los frutos de nuestro trabajo, que nos impiden ejercer la libertad y emprender en la búsqueda de nuestra propia felicidad.

Papeles de Panamá: El efecto de Estados insaciables

El Estado nos exprime
Los últimos días diversos medios de comunicación se han “rasgado las vestiduras” con la filtración de los documentos privados de la firma “Mossack Fonseca” con casa matriz en Panamá, lo cual, ha incendiado un debate al borde del ridículo en torno a lo “vil y perverso de los ‘paraísos fiscales’” y “el deber de pagar impuestos”.
Lo primero que hay que aclarar es que no existe la denominada “filtración”. La firma mostró pruebas de un ataque cibernético que vulneró su sistema y, para dolor de los periodistas, se efectuó una apropiación indebida de parte de su información, de miles de personas, por lo tanto destruyendo el principio de privacidad y el de propiedad.


Friday, June 24, 2016

Delito fiscal: La nueva guerra fría


Tal vez fue una casualidad, pero coincidieron en el tiempo. En abril de 1990, durante el gobierno de George Bush (padre), pocos meses después del derribo del Muro de Berlín, cuando era evidente que la URSS y el comunismo se hundían, Washington comenzó a planear su próxima batalla en nombre de la seguridad nacional.
Fue entonces cuando se creó el Financial Crimes Enforcement Network (FinCen), una dependencia del Departamento del Tesoro que habitualmente contrasta y complementa sus informaciones y actividades con el FBI, la DEA, la CIA, la NSA y otras agencias de inteligencia.



Originalmente, el nuevo enemigo era mucho más difuso, extendido y, al mismo tiempo, limitado: los traficantes de drogas. La estrategia era seguirle la pista al dinero por los vericuetos financieros hasta descubrir y asfixiar a los grandes capos. Al fin y al cabo, una masa de plata de ese volumen no se podía esconder en el colchón. Había que invertirla.
La vieja y sabia expresión de los investigadores anglo-norteamericanos se convertía en el plan de batalla: Follow the money (Siganle la pista al dinero). Mientras los franceses aseguraban que, tras el delito, siempre había una mujer (Cherchez la femme), para los estadounidenses la clave estaba en la plata. Acertaban.
Inmediatamente comparecieron en el radar los “lavadores” o “blanqueadores” que esta actividad generaba. Sólo que nada de esto podía ser posible sin cierta complicidad pasiva de los bancos, así que se dictaron medidas obligando a las instituciones financieras a “conocer” a sus clientes, a rechazarlos, y a comunicar cualquier depósito sospechoso.
El secreto bancario, en consecuencia, dejó de ser efectivo y la lupa policiaca norteamericana se colocó sobre los trusts suizos, las cuentas de Andorra o las compañías de Uruguay en donde los argentinos protegían sus ahorros en dólares, razonablemente aterrorizados por los corralitos con los que el Estado les robaba impunemente su patrimonio.
Como los “criminales” no solían actuar con sus nombres, sino escudados en empresas deliberadamente confusas, legalmente constituidas por bufetes de abogados fuera de las fronteras norteamericanas o, incluso, en los espacios opacos de Estados Unidos (Delaware, Nevada, Wyoming, South Dakota), era importante revelar los nombres de las compañías non sanctas y prohibirles hacer negocios en Estados Unidos. Así surgieron, primero, la Lista Clinton en 1995 y ahora, presumiblemente, los misteriosos Papeles de Panamá, en los que se mezclan indistintamente justos y pecadores.
Como suele ocurrir con los organismos burocráticos, las responsabilidades, el alcance, los presupuestos y el tamaño de FinCen fue extendiéndose inevitablemente. En el 2001 se produjo el ataque islamista a las Torres Gemelas y al año siguiente fue aprobada la llamada “Ley Patriota” que puso fin a numerosos mecanismos de protección de los derechos individuales.
El terrorismo pasó a ocupar la preocupación central de las autoridades norteamericanas, desplazando al narcotráfico, y se autorizó la investigación casi ilimitada en busca de enemigos encubiertos, lo que explica, aunque no justifica, el espionaje de la National Security Agency (NSA) a personas como la alemana Ángela Merkel o al francés François Hollande.
Pero en las redes tendidas para capturar terroristas y narcotraficantes, caían, además, los violadores del fisco, los funcionarios y políticos corruptos que vendían favores y cobraban coimas, las personas que escondían su patrimonio en medio de pleitos familiares, y un sinfín de individuos o entidades que trataban de proteger sus propiedades o su dinero (fueran éstos bien o mal ganados), de Estados voraces, de socios implacables o de familiares codiciosos.
Este volumen de información le abrió el apetito a Washington y dio inicio a una cruzada internacional en defensa de la moralidad pública que ha tenido su expresión más vistosa en la persecución de los directivos de la FIFA, coadyuvando la previa labor de otras manifestaciones similares, como la del fiscal Antonio di Pietro en Italia (Operación Manos Limpias), que liquidó por corruptas a casi todas las estructuras políticas del país.
Esta nueva Guerra Fría es más difícil que la que Estados Unidos libró y ganó contra la URSS. Al fin y al cabo, los comunistas pertenecían a una pintoresca secta surgida en el siglo XIX que sostenía ciertas supersticiones que llevaron a la ruina a las sociedades que las sufrieron, previa la cruel eliminación de decenas de millones de personas.
Para oponerse a Moscú, Washington podía reclutar a medio planeta tras la consigna de defender la libertad amenazada, pero ahora sus gobernantes están empeñados en imponer en el mundo the rule of law (El Estado de Derecho), algo realmente admirable, pero que contradice una antiquísima y muy extendida tradición planetaria que acompaña a la civilización desde sus inicios. Ojalá tengan éxito, pero será una batalla tremenda de muy difícil pronóstico.

Delito fiscal: La nueva guerra fría


Tal vez fue una casualidad, pero coincidieron en el tiempo. En abril de 1990, durante el gobierno de George Bush (padre), pocos meses después del derribo del Muro de Berlín, cuando era evidente que la URSS y el comunismo se hundían, Washington comenzó a planear su próxima batalla en nombre de la seguridad nacional.
Fue entonces cuando se creó el Financial Crimes Enforcement Network (FinCen), una dependencia del Departamento del Tesoro que habitualmente contrasta y complementa sus informaciones y actividades con el FBI, la DEA, la CIA, la NSA y otras agencias de inteligencia.