Thursday, December 15, 2016

La otra historia de México (I)





“El otro Juárez: Hombre cruel y obsesionado que buscó, no sólo la separación iglesia—estado, sino su destrucción total. Un hombre que, presumiendo de su liberalismo, violara sus principios básicos como la libertad de culto, el respeto a la propiedad y, de forma autócrata, se apropiara de la presidencia para no abandonarla hasta su muerte.”

RICARDO VALENZUELA
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Cortesía de mi buen amigo, José Alberto Vázquez, llega a mis manos un excelente libro, obra de Armando Fuentes Aguirre, el admirado Catón. Al develar una versión totalmente ajena a la tradicional, el autor nos transporta a esa era de nuestra historia en la cual, intoxicado por la Constitución de 1857, el país se sumergió en una de sus más sangrientas guerras intestinas.

Habiendo sido la primera fase de mi educación producto de colegios católicos, la forma en que devela estos acontecimientos, si bien no me sorprende, ha provocado me sumerja en una profunda reflexión para intentar, una vez mas, ajustar mis estructuras ideológicas producto de años de introspección que me han llevado a cabalgar por tantos campos, tratando de entender la evolución de mi país.

 
El título del libro: “La otra historia de México, Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño” nos abre la primera avenida hacia un recinto que desborda su rico contenido fuera de lo “tradicional,” tóxico material con el que se nos ha envenenado durante siglos. Pero haciendo una apreciación honesta, nos daremos cuenta que la otra versión ha sido igualmente tóxica, y he aquí lo interesante de la obra; su imparcial novedad.

En colegios católicos me definían a Juárez como el demonio responsable de las desgracias de México. Me provocaron pensar el protestantismo era obra del anticristo que destruye sociedades. Los conservadores del siglo XIX, eran los santos guerreros que, tratando de salvar la patria de los herejes, derramaran su sangre por todo México y si fallaran en su intento, su herencia es la tierra abonada con esa sangre para, germinando la semilla de la fe, recuperar el mandato de la santa madre iglesia.

Si a ese programa en la mente de un niño, se le agrega la emergencia de un inquieto adolescente atestiguando un México subdesarrollado y oprimido, el potaje producía un conservador del viejo estilo colonial. Si luego añadimos el que, como joven graduado del Tec de Monterrey, me encontraba frente a un país sin rasgos liberales o conservadores, sino un ente deformado el cual, sí describirlo era una odisea, entenderlo era imposible, mi confusión cada día se multiplicaba.

Sin embargo, morando bajo el techo de un liberal de una pureza intelectual europea como la de mi padre, su callada actitud frente ante la triste realidad de México, me provocaba pensar que algo más debería haber en el diván de los remedios. Mi encuentro posterior con el verdadero liberalismo, producía la gran sorpresa de mi vida. Después, mi firme conversión me transportaba a un estadio de rabia y profunda frustración, ante lo que llegué a considerar mi gran engaño intelectual.

Catón me ha regresado a los años 80 cuando, al conocer a Milton Friedman, iniciara el debate interior para arribar a mi nueva conciencia liberal. Pero, impresionado por la bella filosofía del liberalismo original, quise rehabilitar mis viejos demonios llegando, de forma ciega, a identificar a Juárez con Jefferson, y esas figuras casi mitológicas de los fundadores de EU, con los deformados liberales mexicanos. Esos hombres que habiendo parido una de las más bellas constituciones, se dedicaran a violarla y archivando el mapa con la potencia de rescatar la nave y llevarla a puerto seguro, provocaran el motín de su tripulación y casi su naufragio.

Me sorprende un escritor actual afirmando los liberales se acompañaban de la lógica y la razón. Ellos querían construir un país moderno, libre, sin castas ni privilegios, una republica federal, estado de derecho, separación de iglesia y estado, proceso desarrollándose ya en Europa y en EU. Pero luego afirma los conservadores eran depositarios de la voluntad popular cuando, ante una iglesia repartiendo excomuniones, el angustiado pueblo rechazaba la constitución liberal amenazado por el infierno. Nos describe un país con esquemas sociales, políticos y religiosos ineptos para negociar, soberbios y prestos a destruir.

Algo que me llenó de gran emotividad, es la descripción de esa figura histórica que, por su etiqueta conservadora, se le arremete con odio e histeria: El Gral. Miguel Miramón, militar de carrera y caballero de honor incuestionable quien, antes de cumplir 30 años, era el invicto equivalente de Obregón, casi obligado presidente de la Republica, responsabilidad que se rehusaba aceptar, para terminar sus días fusilado junto a Maximiliano en ese triste pasaje del Cerro de las Campanas.

Me estremece la descripción de Juárez lo que requiere de profundos conocimientos históricos, habilidad para interpretarlos y, en especial,  integridad y valor intelectual para quitarle el pedestal con el que han pretendido elevarlo a la santidad. Describe un hombre cruel y obsesionado que buscó, no sólo la separación iglesia—estado, sino su destrucción total. Un hombre que, presumiendo de su liberalismo, violara sus principios básicos como la libertad de culto, el respeto a la propiedad y, de forma autócrata, se apropiara de la presidencia para no abandonarla hasta su muerte.

Afirma Catón eran más las coincidencias que las diferencias entre conservadores y liberales, puesto que los liberales en su mayoría eran católicos. Describe los titánicos esfuerzos de Comonfort para conciliar las dos corrientes y lograr un gobierno de unidad. Sin embargo, la soberbia de sus líderes y, en especial, tanto la de Juárez como la de la iglesia, hundieron al país en una guerra cuyas heridas todavía no cierran. Conflicto que si se hubiera evitado, nuestro presente fuera completamente distinto.

Al arribar a la mitad del libro, lo más impresionante ha sido leer el manifiesto de Miramón del 12 de Julio de 1859. Reconoce no tener experiencia para el cargo de presidente pero, asume la responsabilidad. Describe la situación caótica del país y, lo más admirable, va a la raíz del problema. Protesta respetar los intereses de la iglesia pero afirmando: “El país necesita orden, garantías y libertad. Estoy decidido a tomar ese camino y, con los estatutos canónicos, aniquilar el germen de la discordia que alimentará siempre la guerra.”

Emergía el reformador y yo agregaría un verdadero liberal del corte de Guillermo Prieto. Manifestaba que la riqueza de la iglesia era la semilla de la discordia y había que sujetarla a su propio derecho. La iglesia ya aceptaba ceder algo para no perder todo. Era la gran oportunidad de los acuerdos.

Ese mismo día, Juárez responde con sus Leyes de Reforma expropiando “todos” los bienes de la iglesia, cerrando los conventos, suprimiendo las cofradías religiosas, declarando a la iglesia como el gran enemigo del país. Lo que Miramón proponía ejecutar bajo el amparo de la ley, Juárez lo decidía en el rincón de la tiranía. Otra oportunidad saboteada y ¡Se iniciaba el infierno!
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