Friday, December 2, 2016

Castro y Allende

Por Sergio Muñoz

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Entre los años 60 y 80, Fidel Castro se empeñó en imponer una idea de la redención social en América Latina que no era sino la copia de la matriz soviética de las dictaduras en nombre del proletariado. Para ello, apertrechó a numerosos movimientos guerrilleros que sufrieron sangrientas derrotas, la más notoria de las cuales fue la del Che Guevara en Bolivia en 1967.


Castro nunca creyó que una revolución verdadera pudiera hacerse con libertades públicas, elecciones periódicas, pluralidad de partidos, prensa libre, etc. Precisamente por eso, desconfió siempre del camino pacífico que defendía el Presidente Allende. La solidaridad de Castro hacia el gobierno de la UP fue una táctica para incidir en su rumbo, lo que se vio favorecido por las puertas que aquí se le abrieron. Una parte de la izquierda chilena creía ciegamente que en Cuba se estaba construyendo una sociedad superior, no obstante que la isla era una especie de finca privada de Castro.
Fundado en 1965, el MIR fue un movimiento apadrinado y sostenido desde La Habana. Además, fueron muy estrechas las relaciones del grupo dirigente del PS con el PC cubano. Pero el dato clave de la irradiación cubana en Chile fue el vínculo político de Castro con Beatriz Allende, la hija mayor del mandatario, que se casó con Luis Fernández Oña, agente de la inteligencia cubana.
La visita de Castro a Chile en noviembre de 1971 fue una desembozada forma de intromisión en los asuntos de nuestro país.
Fue invitado por 10 días y se quedó 24. Recorrió el país como si fuera candidato, pronunciando cientos de discursos en los que dio lecciones de firmeza revolucionaria a la izquierda chilena. En los hechos, humilló a Allende en su propia casa y socavó gravemente su autoridad.
En el libro “La vida oculta de Fidel Castro” (Ariel, 2014), Juan Reinaldo Sánchez, guardaespaldas de Castro por 17 años, dice que este no creía en el camino legalista de Allende y que sus “verdaderos pupilos” eran Miguel Enríquez y Andrés Pascal Allende, a los que veía como futuros conductores de la revolución. “A la espera de alcanzar dicho objetivo -dice en el libro-, Manuel Piñeiro y los servicios cubanos penetran y se infiltran en el entorno de Salvador Allende. Empiezan por reclutar al periodista Augusto Olivares, por entonces consejero de prensa del Presidente Allende y jefe de la televisión pública. Según Barbarroja, Olivares, apodado ‘el Perro’, era “nuestro mejor informador” en Santiago. “Gracias a él, Fidel era siempre el primero en saber lo que ocurría en el interior de La Moneda. ¡A veces incluso antes que Allende!”, solía jactarse Piñeiro”.
En la tragedia de Chile gravitaron decisivamente los intrusos. Está documentada la intervención del gobierno de EE.UU. que encabezaba Richard Nixon, y sobran las evidencias de que Castro lleva velas en nuestro entierro. Es hora de que se conozca ese capítulo. Por ahora, digamos que el Presidente Allende puede ser criticado por muchas razones, pero no estuvo dispuesto a convertirse en un dictador como el que acaba de morir en Cuba.
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