Friday, November 11, 2016

Don't drink the water! (II)





“La advertencia que emerge cuando los turistas se preparan para penetrar nuestro país, no es para prevenir esas enfermedades estomacales. Es en contra de un contagio mucho más serio. Es una alarma señalando el peligro de adquirir ese fatal síndrome del Perfecto Idiota Latinoamericano.”


“Mi abuelo era militar y un hombre muy valiente, le temía a muy pocas cosas. Pero había algo que realmente lo aterraba; los pendejos. Y les temía por un poderoso motivo, porque son muchos. Son tantos que hasta elijen presidentes.” Facundo Cabral

RICARDO VALENZUELA
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¿Seremos tantos que lleguemos elegir al peje?
Hace más de diez años, con la dictadura perfecta aun sobre nuestras espaldas, publiqué un artículo titulado Don’t drink the water que provocó grandes explosiones. El escrito buscaba una explicación de por qué, después de siglos de fracasos, sin entender los claros escritos en la pared nacional continuábamos transitando la misma senda, armados con las mismas ideas, los mismos mapas, arribando a los mismos destinos.
Frente a otra elección presidencial ya en puerta, vale la pena revivir tan controversial tema. A diez años de distancia, continuamos extraviados caminando por la misma brecha sólo con una novedad. Ahora en lugar de culpar al PRI, culpamos al PAN.



Mario Vargas Llosa, en una de sus excelentes obras lleva a cabo un análisis del contenido de la palabra “pendejo”, tan popular en América Latina. De México a Ecuador, afirma el laureado escritor, el significado es el de tonto, pero misteriosamente al cruzar la frontera peruana se convierte en lo opuesto. En Perú, pendejo es el clásico pícaro quien, utilizando su pendejéz, logra el éxito y es admirado por eso; por ser un lépero simpático. Y para definir al pendejo mexicano, en Perú se usa la palabra “cojudo.”
En EU una de las expresiones más populares es aquella que salta como resorte cuando alguien expresa su intención de visitar nuestro país: “Don’t drink the water” (No bebas el agua). Durante años pensé con ella se trataba de advertir a los turistas americanos del grave peligro para la salud que representa ingerir nuestro preciado liquido el que, entre las enfermedades que provoca, tal vez la más famosa sea “La venganza de Moctezuma”. Sin embargo, creo que nunca había permanecido tanto tiempo en las tinieblas pues recientemente he llegado a conocer su verdadero significado, y ahora afirmo entenderlo.
La advertencia que emerge cuando los turistas se preparan para penetrar nuestro país, no es para prevenir esas enfermedades estomacales. Es en contra de un contagio mucho más serio. Es una alarma señalando el peligro de adquirir ese fatal síndrome del “Perfecto Idiota Latinoamericano.” Ese mortal virus que, entre otras cosas, se manifiesta con síntomas de un avanzado retraso mental que produce conductas ilógicas adquiridas por modorra ética, pereza mental y el oportunismo civil. Luego revela una abdicación de la facultad de pensar, de cotejar palabras con los hechos, de cuestionar la retórica que hace las veces de pensamiento, pasa luego a inocular el otro inmisericorde virus, el de la destrucción. 
Esta enfermedad es descrita, con el magistral estilo de Vargas Llosa, en la narración que hace de una anécdota sucedida en su país. “A finales de los años 40 gobernó el Perú un distinguido jurista; el Dr. José Luis Bustamante y Rivero. Escribía él mismo sus discursos en un español castizo, profundo y elegante, era un hombre de honradez exagerada y tenía la mala manía de respetar la Constitución y las leyes, las que siempre citaba para explicar lo que hacía o se debía hacer. De inmediato la oposición lo bautizó “cojurídico,” es decir, un pendejo que creía las leyes tienen importancia y había que cumplirlas. El apodo pronto se hizo popular con toda la población, tanto que lo adoptó como el deporte popular y burlarse de la integridad de su líder.”
Hace unos días, al estar devorando un programa político de TV con un grupo de amigos norteamericanos, un prestigiado analista presenta un largo informe del fracaso para lograr las reformas que a México le urgen. Es cuando uno ellos voltea hacia mí y con fuerza me afirma, “Don’t drink the water”. Su mensaje era profundo y molestaba, pero no tuve argumentos para responder. Y es que gran parte de nuestra población ha estada contagiada por ese síndrome de la idiotez durante siglos. Esa idiotez que portan los políticos y ahora desemboca en el grave estado de sitio que le tiende un congreso irresponsable y deshonesto al país, secuestrando el futuro de los mexicanos.
Un fantasma recorre el mundo, afirmaba Marx en su Manifiesto. Otro fantasma sigue recorriendo a México, el fantasma de la idiotez para aferrarse y seguir caminando la misma senda del extravío. El fantasma producto de esa agua que otros no han de beber por miedo a contraer el virus que nos ha postrado. Ese contagioso líquido que brota de las venas abiertas por demagogos como Galeano, para embrutecer al centinela del presente pero responsable del futuro. Agua que brota en torrentes de las heridas infringidas por nosotros mismos con tan letales armas, las armas de la pendejéz.
En otra parte de la historia, Vargas Llosa narra cómo un candidato ganó una elección aun cuando se le acusaba de infinidad de delitos, tráficos y fraudes. La ciudadanía votó por él solamente porque era “un gran pendejo.” Las miserias de México no cesarán hasta que compongamos la semántica de nuestros valores. Cuando degrademos a los admirados pendejos y los tranzas que hoy presiden los destinos de nuestro país. Porque no son los simpáticos, los audaces y los muy prácticos que actúan como si estuvieran más allá del bien y del mal, los que labran la grandeza de las naciones, sino esos aburridos personajes que conocen sus límites, son tan poco imaginativos y temerarios que viven siempre dentro de la ley.
Finalmente entiendo por qué los gringos no se quieren ni bañar con el agua mexicana, es letal, especialmente para el cerebro. Entiendo su pavor a nuestros inmigrantes, no se quieren contagiar, sin darse cuenta ellos llegan saludables huyendo de esa epidemia. Lo que ocurre con nosotros y nuestra semántica, ocurre también con nuestro país y sus instituciones. Las ideas, las creencias, los sistemas que, inclusive, hemos importado, luego de probar el agua experimentan mágicas sustituciones de sentido. Nuestros estruendosos fracasos en gran parte se deben a esa propensión nuestra a desnaturalizar lo que hacemos y decimos, de corromper las ideas y transformar los contenidos de las instituciones que regulan nuestra vida social, siempre ungidos de pendejéz.
Desde que logramos el soñado “sufragio efectivo”, los “nuevos políticos demócratas” le han abierto una herida más grande al país y muy pocos pueden ver las verdaderas consecuencias. Si algún día México encuentra la salida del oscuro túnel de sus desgracias, será porque le entregamos las riendas a los cojuridícos cuando se las hayamos quitado a los pendejos. Pero con esa adicción que tenemos a la pendejéz, yo no apostaría al futuro que ya toca a nuestras puertas, pues viaja montado por pendejos. So, don’t drink the water!
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