Monday, October 10, 2016

Murray N. Rothbard: Un legado de libertad

 
[Publicado originalmente el 30 de julio de 1996]
“En el mercado libre, todos ganan de acuerdo con su valor productivo a la hora de satisfacer deseos del consumidor. Bajo la distribución estatista, todos ganan en proporción a la cantidad que pueden saquear a los productores”.
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue solo un hombre con una máquina de escribir, pero inspiró una renovación mundial en la investigación de la libertad. Durante 45 años de investigación y escritura, en 25 libros y miles de artículos, batalló contra toda tendencia destructiva de este siglo (socialismo, estatismo, relativismo y cientifismo) y despertó una pasión por la libertad en miles de intelectuales, periodistas y activistas.
Enseñando en Nueva York, Las Vegas y Auburn y dando conferencias por todo el mundo, Rothbard llevó al renacimiento de la Escuela Austriaca de economía. Dio vida a una lucha académica y popular por la libertad y la propiedad, contra el estado omnipotente y sus intelectuales cortesanos.



Los tomos uno y dos de su magistral historia del pensamiento económico aparecieron justo después de su muerte, publicados por Edward Elgar. Mientras que otros textos simulan una marcha de ininterrumpida hacia mayores niveles de verdad, Rothbard presenta una historia de genios desconocidos y conocimiento perdido, de charlatanes respetados y falacias alabadas. Una gran parte de los mejores artículos académicos de Rothbard aparece más tarde ese año en la serie “Economistas del siglo” de este editor. Además, hay escritos, artículos y cartas no publicados para llenar muchos más volúmenes.
Como su querido maestro Mises, Rothbard escribía tanto para el público como para los profesionales. “La civilización y la existencia humana están en juego, y para preservarlas y expandirlas la alta teoría y la intelectualidad, aunque importantes, no bastan”, escribía en 1993. “Especialmente en una época de estatismo galopante, el liberal clásico, el defensor del libre mercado, tiene la obligación de trasladar la lucha a todos los niveles de la sociedad”.
La teoría de Rothbard era su práctica. Estuvo implicado en casi todos los acontecimientos políticos y sociales de su tiempo, es de la campaña presidencial de Robert Taft hasta las elecciones de 1994. Su último artículo, que aparecido en en Washington Post, advertía que Newt Gingrich es más probable que traicione a la revolución que que la lidere.
El Instituto Mises tiene el honor de que Rothbard encabezara nuestros programas académicos durante trece años. Hablaba en todas nuestras conferencias y seminarios de enseñanza, editaba nuestra Review of Austrian Economics, era consultado sobre todo nuestros libros y monografías y escribía para nuestro Free Market. Sobre todo, enseñaba e inspiraba a nuestros estudiantes y estos transmitirán sus ideas en el futuro.

Construyendo sobre la tradición

Rothbard ha sido comparado con las mejores mentes de las ciencias sociales, pero su sabiduría y carácter le llevaban a mostrar gratitud hacia sus predecesores. Su acontecimiento intelectual formativo fue la publicación en 1949 de La acción humana, de Mises.
“Había realizado todos los cursos de doctorado de la Universidad de Columbia”, escribía Rothbard, “sin haber descubierto nunca que existía la Escuela Austriaca, y tampoco que Ludwig von Mises era su principal defensor vivo”. Pero su libro “resolvía todos los problemas e incoherencias que había percibido en teoría económica”.
Rothbard acudió al seminario de Mises en la Universidad de Nueva York desde su primera reunión y se convirtió en el estudiante que defendería y extendería las ideas de Mises, impulsando a la tradición de la Escuela Austriaca hacia nuevas alturas e integrándola con la teoría política. Enseñó al movimiento cómo escribir y también fue una importante influencia cultural.
La Escuela Austriaca había sido previamente un movimiento intelectual sobre todo europeo. Mises cambió eso con su emigración a este país. Rothbard completó este proceso, de manera que la ubicación de la escuela ya no es Europa, sino Estados Unidos, la nación cuyos principios fundadores tanto admiraban Rothbard y Mises.

El último tratado real

El hombre, la economía y el estado, la gran obra de Rothbard, fue la clave para el resurgimiento de la economía austriaca después de la muerte de Mises. A partir de los cimientos filosóficos, Rothbard construye un edificio de teoría económica y un alegato inexpugnable a favor del mercado. En lugar de la pseudociencia lúgubre y estatista a la que están acostumbrados los estudiantes, Rothbard nos ofrece una defensa arrasadora y cuidadosamente razonada a favor de la libertad económica.
El libro trataba la economía con una ciencia humana, no como una rama de la física. Todas las páginas tenían en cuenta la incertidumbre de las condiciones económicas, la certidumbre del cambio y la posición central del empresario, sin perder nunca de vista que las leyes económicas son implacables. No sorprende que Henry Hazlitt, escribiendo en National Review, lo calificara de “brillante y original y profundo”.
Desde su publicación, el tratado no ha hecho sino aumentar en estatura. A través de él, Rothbard ha enseñado a innumerables estudiantes a pensar como economistas de verdad, en lugar de como trituradores de números. Explicaba y aplicaba la lógica de la acción humana en el intercambio económico y replicaba a sus oponentes. Como Mises, no miraba al “hombre económico”, sino al hombre que actúa, que trata con la escasez de tiempo y recursos.

Revisando la historia

Rothbard insufló vida a la teoría económica con sus obras históricas y refutó la acusación de que a los austriacos solo les preocupaba la alta teoría. Fue también uno de los pocos intelectuales de la derecha que defendió la historia revisionista. Desde entonces, otros historiadores han tomado sus obras y trabajado a partir de ellas para crear escuelas completas de pensamiento.
Escribió America’s Great Depression aplicando la teoría misesiana del ciclo económico para demostrar que el crash de 1929 derivó de la expansión del crédito de la Reserva Federal. También refutó la opinión entonces dominante de que Herbert Hoover fue un conservador de laissez-faire, demostrando que en realidad fue un newdealer prematuro.
En artículos de revistas, demostró que el New Deal fue la consecuencia lógica de la reglamentación económica de la Primera Guerra Mundial y la Era Progresista, que nos trajeron la banca centralizada y el impuesto de la renta.
Concebida en libertad es explicación narrativa en cuatro tomos de los antecedentes históricos de Estados Unidos, de 1620 a 1780. Su propósito era destacar acontecimientos olvidados que demuestran el carácter libertario de nuestra historia y nuestro pueblo.
La Revolución Americana acabó con la tiranía, argumentaba. No fue simplemente una continuación del estatismo al estilo británico bajo otro disfraz, como afirmaba Hamilton. El nuevo orden social protegería comunidades, propiedades y derechos esenciales. Rothbard también demostró ser tan competente como historiador militar como intérprete de historia ideológica.
En su obra, como en su vida, siempre estuvo del lado de las fuerzas favorables a la libertad contra el estado de bienestar y guerra. Le gustaban especialmente las personas en contra del New Deal, los antiimperialistas, los confederados, los antifederalistas, los objetores fiscales, los empresarios subterráneos, los panfletistas contra el estado y otros héroes no alabados. A lo largo de la historia, la élite del poder ha encontrado usos rentables al estado. Rothbard nunca dejó pasar una oportunidad de nombrarlos, de explicar cómo lo hicieron y de demostrar cómo sus acciones dañaron a todos los demás en la sociedad.

Mitos de la economía mixta

El conflicto era el tema central de la economía política rothbardiana: el estado frente a las asociaciones voluntarias y la lucha por la posesión y el control de la propiedad. Demostró que la propiedad debe estar en manos privadas y que los propietarios deben ser libres para controlarla como les parezca. La única alternativa lógica es el estado totalitario. No hay espacio para una “tercera vida” como la socialdemocracia, la economía mixta o el “buen gobierno” y el intento de crearla es siempre perjudicial.
Poder y mercado, otra contribución imperecedera, se centraba en este conflicto y atacaba toda forma de intervención pública, echando abajo un cliché antimercado tras otro y defendiendo la competencia del mercado como esencial para la paz social. Donde otros buscaban “fallos del mercado”, Rothbard encontraba solo fracasos de lo público.
El libro explicaba la intervención más común en el mercado: los impuestos, la toma directa de la propiedad de alguien por un grupo que reclama un monopolio sobre la coacción, es decir, el estado. El poder impositivo define al estado de la misma manera que el robo define a un ladrón.
También demostraba que no podía haber un impuesto neutral, es decir, uno que deje al mercado exactamente como hubiera estado sin en el impuesto. Todos los impuestos distorsionan. Y todos los impuestos son impuestos sobre la producción y la perjudican, incluso los impuestos llamados del consumo.
Los impuestos toman, capital de manos privadas e impiden que se use para servir a los intereses privados y al público consumidor. Esto es cierto independientemente del impuesto. Asimismo, el gobierno gasta impuestos de maneras que alteran el patrón de producción del mercado. Si el dinero se gasta en proyectos orientados al mercado, compite injustamente; si se gastan en proyectos que no son del mercado, es ineficiente económicamente.
Los impuestos nunca son “contribuciones”, argumentaba. “Precisamente porque los impuestos son obligatorios no hay manera de asegurar (como ocurre automáticamente en el mercado libre) que la cantidad con la que contribuye cualquier persona sea la que en otro caso hubiera estado dispuesto a pagar”. Como decía Rothbard, no es utópico trabajar por una sociedad sin impuestos: es utópico pensar que no se abusará del poder fijar impuestos una vez sea concedido.
Ningún principio fiscal, argumentaba, puede igualar la justicia de un sistema de mercado. Un impuesto progresivo discrimina sobre la base de la renta: los ricos no se ven obligados a pagar más por el pan que los pobres. Incluso un impuesto de tipo único fuerza el resultado, ya que las rentas más altas contribuyen en una cantidad más alta de dólares que las bajas. El impuesto menos dañino es un impuesto por cabeza o un impuesto igual: una tasa fija lo suficientemente baja como para que puedan pagarla incluso lo más pobres.
Como firme creyente en el libre comercio, Rothbard argumentaba que la paz entre naciones no puede basarse en negociaciones entre gestores estatales. La paz se mantiene por la red de intercambio que se desarrolla entre partes privadas. Por eso se oponía al falso “libre comercio”, como el NAFTA y el GATT, que tienen más en común con el neomercantilismo y fue el primer anunciador del desastre y en que se ha convertido el NAFTA.
Los intervencionistas han usado desde hace tiempo el lenguaje de los mercados para avanzar en el estatismo. Pensemos en las leyes antitrust aplicadas en nombre de la “competencia”. Rothbard demostró que los únicos monopolios auténticos son aquellos creados por ley: el gobierno subvenciona a un productor a costa de otros (hospitales públicos y escuelas) o prohíbe completamente la competencia (servicio postal).
Otras formas de monopolio incluyen las licencias, es decir, restringir deliberadamente la oferta de mano de obra o el número de empresas en cierto sector. Los monopolios públicos siempre ofrecen un servicio inferior a precios exorbitantes. Y hay “intervenciones triangulares”, porque subvencionan a una parte mientras que impiden a otros intercambiar como lo harían en un mercado libre.
Demostró que la prestación de desempleo (en realidad, la subvención al desempleo) aumenta el número de personas sin trabajo. Las leyes laborales infantiles, algo que encanta a los sindicatos y el Departamento de Trabajo, subvencionan el empleo adulto al tiempo que impiden que los jóvenes tengan una valiosa experiencia laboral. Incluso las expropiaciones (“una licencia para el robo “) caen bajo las restricciones de los derechos de propiedad de Rothbard.
¿Qué pasa con los “derechos de propiedad intelectual”? Rothbard defendía los derechos de autor como un contrato realizado con los consumidores de no reimprimir obra, revenderla o atribuirse falsamente su origen. Una patente, por el contrario, es una concesión pública de un privilegio de monopolio para el primer descubridor de ciertos tipos de invenciones que la lleve a la oficina pública de patentes.
Y bajo la propiedad pública, argumentaba, el “público” no posee nada y el funcionariado gobernante posee todo. “Cualquier ciudadano que dude de esto”, sugería Rothbard, “puede tratar de apropiarse para su propio uso individual de su parte alícuota de propiedad pública y luego tratar de argumentar su defensa ante un tribunal”.
El sector público se centra en el corto plazo, argumentaba: no existe una “inversión del sector público”. Solo en el sector privado, que es el sector público real, decía Rothbard, los dueños de propiedades tienen en cuenta consideraciones a largo plazo. Al contrario que el gobierno, conservan el valor de los recursos y no los saquean ni desperdician.
Sus estudios pioneros sobre tribunales privados fueron previos al aumento de los árbitros privados (Rothbard quería abolir la “esclavitud del jurado” y hacer que los tribunales pagaran un salario del mercado). Su trabajo sobre la aplicación del derecho privado se anticipó a la popularidad de la protección en el hogar y la seguridad privada. Su promoción de las carreteras privadas fue anterior a su amplio uso en suburbios y centros comerciales. Su promoción de las escuelas privadas fue anterior a la revuelta contra las escuelas públicas.

El problema de los datos

Muchos economistas piensan que los números son el resumen de su disciplina. Rothbard dio la vuelta a la tortilla para argumentar que los datos públicos se reúnen y usan para la planificación detallada y la destrucción de la economía. Cualquier información que necesiten los mercados acerca de las condiciones económicas puede obtenerse privadamente.
Un buen ejemplo es el “déficit comercial” entre naciones, del que decía que no es más relevante que el déficit comercial entre pueblos. No hay ninguna justificación para suponer que el comercio deba igualarse en la contabilidad. Lo importante es que la gente se beneficie del intercambio, ya sea a través de la calle o a través del mundo.
¿No son útiles para la investigación las estadísticas históricas? Muchas son equívocas. El Producto Interior Bruto considera al gasto público como producción, cuando debería considerarse consumo. Asimismo los impuestos públicos se consideran neutrales, cuando son destructivos. Los déficits, que drenan los ahorros y expulsan la producción, también tenían que considerarse al evaluar la productividad.
Rothbard calculaba la producción privada restando el componente público. El resultado es el Producto Privado Remanente o PPR, que ha servido los investigadores como base para un trabajo histórico más apropiado. Por ejemplo, usando el PPR vemos que el producto nacional aumenta a un ritmo mucho más lento que el PIB, gracias al gran gobierno.
Incluso las estadísticas de oferta monetaria necesitaban una revisión en opinión de Rothbard. Mucho antes de que la gente perdiera la confianza en la capacidad de la Fed para generar algo útil (las “M” son risibles hoy en día), Rothbard proponía su propia medición basada en la teoría del dinero de la Escuela Austriaca. Contabiliza efectivo, depósitos fácilmente convertibles en efectivo y todos los demás activos financieros líquidos.

Banca y oro

El estado y su cártel bancario es el peor gestor monetario posible, argumentaba Rothbard, y la libre empresa es el mejor. Escribió muchos estudios sobre el abuso del dinero y la banca por parte de los bancos centrales y el estado central. Estos incluyen su tesis doctoral, El pánico de 1819, El misterio de la banca y trabajos sobre los debates bancarios a mediados y finales del siglo XIX, el frenesí monetario de FDR, el fracaso de Bretton Woods y la consiguiente época de inflación y caos monetario. Excepcional es su Alegato contra la Fed, el mejor libro nunca escrito sobre el tema.
Si vemos a la Reserva Federal como una banda de falsificadores, tenemos la idea de Rothbard del banco central. Pero, como él señalaba, al menos el falsificador no simula estar trabajando por el interés público, suavizando los ciclos económicos, ni manteniendo estables los precios. Fue también el primero en analizar en profundidad y desde una perspectiva de libre mercado los grupos de intereses especiales que crearon la Fed.
Rothbard añadió a la teoría austriaca un modelo sistemático de cómo se destruye el dinero. El estado conspira con el banco central y el sector bancario para aumentar mutuamente su poder y riqueza por medio de la devaluación, el equivalente al raspado de monedas. Poco a poco, el dinero de la sociedad tiene menos que ver con su forma original y acaba transformándose en papel creado de la nada, para servir mejor al interés del estado.
Como parte de este proceso, el estado interviene para prohibir a los clientes pedir reservas al 100% en depósitos a la vista. A partir de aquí, es cada vez más fácil pasar del oro al papel, como ocurrió en este país desde el inicio del siglo.
Como Mises, Rothbard veía a la inflación como una política seguida por el sector bancario de acuerdo con el gobierno. Los que obtienen primero el dinero recién creado (bancos, gobierno, traders de títulos institucionales y contratistas públicos, por ejemplo) ganan porque pueden gastarlo antes de que los precios aumenten y se distorsionen las inversiones. Pierden aquellos que obtengan el dinero más tarde.
Un patrón oro rothbardiano no es una versión rebajada. Quería convertibilidad en el interior y el exterior. Solo ese sistema (que pondría a los depositantes a cargo de asegurar la solidez financiera del sistema bancario) puede impedir los estragos monetarios de la Fed, que ha reducido el valor del dólar de 1913 a un solo penique de hoy.
El garante último contra la inflación es un sistema de banca privada con acuñación privada, un gran sistema estadounidense que fue eliminado por el estado. Los escritos de Rothbard sobre dinero y banca (extensos y profundos) pueden acabar convirtiéndose en el aspecto más influyente de su pensamiento.

El fundamento moral de la libertad

Los economistas raramente hablan acerca de libertad y propiedad privada e incluso menos acerca de lo que constituye propiedad justa. Rothbard lo hacía, argumentando que la propiedad adquirida mediante confiscación, ya sea por delincuentes privados o por el estado, es una posesión injusta. (También señalaba que los burócratas no pagan impuestos, ya que todos sus salarios son impuestos).
La Ética de la libertad fue su defensa moral. “La libertad del individuo”, escribía Rothbard, es “no solo un gran bien moral en sí misma”, sino “también como condición necesaria para el florecimiento de todos los demás bienes que anhela la humanidad”: virtud, artes y ciencias, prosperidad económica, la propia civilización. “De la libertad derivan las glorias de la vida civilizada”.
Una vez entendemos por qué la propia privada debería ser inviolable, las ideas problemáticas se hacen a un lado. No puede haber ningún “derecho civil” aparte del derecho de propiedad, porque desaparecería la libertad necesaria de excluir. Los “derechos de voto” son también una ficción, que, dependiendo de cómo se usen, pueden también disminuir la libertad. Incluso el “derecho a emigrar” es falso: “¿Sobre la propiedad de quién tiene algún otro derecho a pisar?”, preguntaba.
Así que el orden social rothbardiano no es la libertad para todos de la ACLU. La seguridad de la propiedad ofrece líneas de autoridad, restricciones al mal comportamiento y garantías de orden. El resultado es la paz social y la prosperidad. Los conflictos que afrontamos hoy, desde la acción afirmativa al ecologismo, son el resultado de falsos derechos que se ponen por encima de la propiedad privada.
Rothbard era inflexible en la defensa del capitalismo. Pero no veía al mercado como lo más importante del orden social. Para él, el capitalismo no era un “sistema”, sino una consecuencia del orden natural de la libertad. Ni el “crecimiento” ni la “avaricia” son el ideal capitalista. En una economía libre, el ocio y la caridad son bienes como cualquier otro y para “comprarlos” hay que renunciar a usos alternativos de tiempo y dinero.
Y con una mayor prosperidad, la necesidad de bienes materiales cae en relación con los bienes inmateriales. “Así que, en lugar de promover valores ‘materiales’, el desarrollo del capitalismo hace exactamente lo contrario”. Ninguna sociedad ha sido nunca tan avariciosa y codiciosa como la Unión Soviética, aunque la izquierda siga tratando de convencernos de que poder estatal equivale a compasión.

Un hombre de principios

Rothbard fue llamado “el mayor enemigo vivo del estado”, porque aplicaba al gobierno los patrones tradicionales de moralidad. Si está mal que una persona te reclame tu dinero o tu vida, también está mal que lo haga una banda de delincuentes que se hace llamar a sí misma el gobierno. El “anarquismo” de Rothbard sólo buscaba someter al gobierno al estado de derecho.
Pero no era ningún “extremista”: al tiempo que sostenía el ideal radical, cooperaba encantado con cualquiera que quisiera limitar el poder del gobierno, sin que importara lo gradualmente que se hiciera. Lo perfecto nunca fue el enemigo de lo bueno en su cabeza: lo bueno era siempre una mejora. Combinaba idealismo con realismo, intelectualidad con accesibilidad y una curiosidad sin límites con un compromiso con la verdad.
Lo que escribió acerca de Ludwig von Mises también es aplicable a Rothbard: “Mises nunca renegó de sus principios, nunca hincó la rodilla en busca de respetabilidad o favores sociales o políticos. Como intelectual, igual que como economista y como persona, Ludwig von Mises fue un deleite y una inspiración, un ejemplo para todos nosotros”.
Como Mises, Rothbard renunciado al dinero y la fama en la economía académica para promover la verdad. Y dio a todos los que le conocieron un ejemplo de cómo debería un hombre vivir su vida.
El Instituto Mises tuvo la fortuna de asociarse con él y él atribuyó al instituto haber “forjado por fin un renacimiento austriaco del que Mises estaría verdaderamente orgulloso”.
Las ideas y el carácter de Rothbard, igual que los de Mises, deben estar siempre ante nosotros y también ante las nuevas generaciones. El Instituto Mises se asegurará de que sea así.
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