Monday, October 17, 2016

LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA Y EL ESTADO



Alberto Mansueti

Lewis Henry Morgan (1818–81) fue un abogado y escritor estadounidense, considerado por Marx y Engels como uno de los padres de la Antropología. En su libro “Sistemas de consanguinidad y afinidad en la familia humana” (1871), Morgan dice haber comparado 139 sociedades. Y que el tipo de familia monogámica es apenas uno entre muchos, quizá no el mejor.

En “La Sociedad Primitiva” (1877) dice Morgan que los pueblos primitivos eran superiores a los civilizados en la propiedad colectiva, “y consiguiente hermandad, sentido de comunidad y de cooperación”. El estado surge cuando las tribus se establecen en sus territorios, y delimitan las propiedades para las familias. Concluye Morgan que “a futuro, la humanidad podría pasar a un nivel superior de civilización”, restableciendo la propiedad colectiva, y tal vez familias no monogámicas, o al menos no "patriarcalistas".
 
¿Suena actual? ¡Claro que sí! Marx y Engels admiraron a Morgan, casi tanto como a Darwin, en cuyo evolucionismo vieron sólida base para sus tesis económicas. En el Prefacio a la primera edición de “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” (1884), Engels dice que escribirlo fue como “cumplir un testamento”, ya que Marx (fallecido en 1883) quiso hacerlo, siguiendo a Morgan en su “análisis materialista de la historia”.

Enemigos declarados los tres del capitalismo, coincidían, y con razón, en verlo inseparable de la familia, de la propiedad privada, y del estado, “arma de explotación” del proletariado por la burguesía, cuya extinción debía ser acompañada por la abolición de las otras tres instituciones. ¡Y del cristianismo, por supuesto!

Sobre la disolución del estado, la discrepancia entre marxistas y anarquistas fue siempre que los primeros abogaban por una fase previa y transitoria: “la dictadura del proletariado”; nada más. Y entre comunistas y socialdemócratas, la divergencia fue que los segundos pensaron que la fulana dictadura podía darse evolutivamente, sin mediar una revolución sangrienta; el siglo XX les dio unas veces la razón a los unos, p. ej. en Rusia, y otras veces a los otros, p. ej. en EE.UU.

Por todo esto, el marxismo es coherente sobre “la familia, la propiedad privada y el estado”. Y el marxismo cultural no es “Neo” marxismo: es el mismo de siempre. A lo largo del siglo XX, con y sin violencia, se adoptaron los 9 primeros puntos del Manifiesto Comunista en casi todo el planeta; así se minó la propiedad privada, se arruinó la economía, y se hirió de muerte a la familia. Y se adoctrinó a niños y jóvenes con el punto 10, “educación pública”. Hoy el marxismo cultural sólo quiere “rematar” a la familia con el tiro en la nuca; y matar de paso a la religión cristiana.

Hasta aquí, todo es bastante coherente. Incoherentes son las mezclas “libertarias”: capitalismo y propiedad privada con anarquismo algunos, otros con marxismo cultural, y todos con antipolítica.

(1) A los anarquistas Proudhon y Bakunin ya Marx les desnudó contradicciones, a decir verdad; y Lenin, quien además acusó a los socialdemócratas de revisionistas y antimarxistas. Esto es discutible: quizá “revisionista” fuera Lenin, revolucionario y anti-evolutivo. Pero en “Marxismo y Revisionismo” (1908), Lenin afirmó que Marx y Engels son incompatibles con Bohm-Bawerk, en lo cierto también.

Lenin y Bohm-Bawerk, en sus respectivas y antagónicas posiciones, fueron coherentes, y es bueno leerles a ambos. Incoherentes son los “libertarios austro-anarquistas”, con Rothbard a la cabeza.

(2) ¿Y los ateos? Depende. Se puede ser ateo sin ser marxista cultural. Muchos autores ateos como Ayn Rand, saben que Morgan, Marx, Engels y Lenin tenían razón, y el capitalismo se liga a la familia, a la propiedad privada y al estado. Algunos como el filósofo y escritor chino Liu-Xiao-Feng, se definen “cristianos culturales”: no creyentes, admiten que el cristianismo, con su firme defensa de la familia, y de la propiedad privada, pilar y sostén de la institución familiar, ha hecho y sigue haciendo aportes fundamentales al real progreso civilizatorio.

Los “cristianos culturales” no son enemigos de la religión, pero no fingen ser religiosos. Por eso no deben ser confundidos con los “cristianos nominales” (o estadísticos), no creyentes tampoco, pero que no lo dicen, pues no les importa realmente: van a la Iglesia a “sentirse bien”, o con fines oportunistas.

Los cristianos deberían conocer estas cruciales distinciones, pero muchos lamentablemente desprecian el conocimiento, que creen incompatible con la fe cristiana, y en eso coinciden con los ateos más beligerantes.

(3) En su mayoría los “libertarios” son enemigos de la política, los partidos y la democracia, y nada práctico hacen por impulsar el capitalismo liberal, que dicen defender. Salvo pocas pero honrosas excepciones, se dedican sólo a conferencias eruditas y fiestas elegantes. Casi todos sus “tanques de pensamiento” son clubes sociales; no piensan, repiten los pensamientos de los célebres, y no mucho más. “Dolce far niente”.

¿Por qué? Ayn Rand tiene la respuesta, siguiendo a Aristóteles: los incoherentes se incapacitan para la acción eficaz, por sus ideas contradictorias y conceptos que no congenian; sean conscientes o no.

Pero a los líderes “libertarios” parece que poco les incomodan las inconsistencias, o las mezclas con corrientes ideológicas ajenas y opuestas a la tradición del Liberalismo Clásico, del que se declaran enemigos, y de las Cinco Reformas. Tal vez no les interese la suerte futura de nuestras patrias: sus “ideas de la libertad” son para algunos de sus dirigentes (no todos) un “modus comendi”, un negocio, para el que manipulan a los adolescentes y jóvenes con mínimo conocimiento y ninguna experiencia.

A nosotros liberales clásicos sí nos inquieta nuestra América, y mucho. Nos preocupa y angustia tanto el presente como el destino de nuestros países; por eso actuamos, o nos preparamos para actuar, en la política y los partidos. Y en la democracia, que con todos sus defectos, es la política vigente, y no menos legítima que las alternativas del pasado. Somos muy diferentes a ellos. Por eso nos atacan. Gracias por tu atención, ¡y hasta la próxima si Dios quiere!

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