Wednesday, October 26, 2016

Libertad para Venezuela y Cuba

Aníbal Romero dice que la dirigencia de la oposición democrática venezolano debe reconocer que los intereses de Washington, Madrid y el Vaticano no necesariamente están alineados con aquellos de la democratización de Cuba y Venezuela.
Aníbal Romero es profesor de ciencia política en la Universidad de Simón Bolívar.
Para ubicar en perspectiva geopolítica la actual situación venezolana es indispensable comprender el objetivo prioritario de Washington en la zona del Caribe. Dicho objetivo no es otro que impedir una repetición, a mayor escala aún, de los eventos de 1980 en el puerto cubano de Mariel. Washington aspira a toda costa evitar que un proceso incontrolable de desestabilización interna conduzca otra vez a centenares de miles, quizás millones de cubanos, a arrojarse al mar del modo que sea para intentar la travesía hasta Florida, creando así una tragedia humanitaria y política de inmensas proporciones.



No se trata de que Barack Obama y el resto del gobierno en Washington no deseen la democratización de Cuba. No. De lo que se trata es que no la quieren a cualquier precio, y en particular no la quieren si ello significa, como ya mencioné, un rumbo de cambios espontáneos que provoque la desestabilización sin controles del régimen castrista, y en consecuencia la probable emigración masiva de cubanos hacia las costas de Florida, con todo lo que ello implica para EE.UU. en términos de seguridad nacional.
A Washington no se le escapa el papel del régimen chavista como soporte del despotismo castrista. De nuevo: no es que Barack Obama y el resto del gobierno rechacen el cambio democrático en Venezuela, pero tal objetivo, aunque en teoría deseable, es visto con cautela por dos razones principales. En primer lugar debido, repito, a que Venezuela cumple una función muy relevante en el sostenimiento de la tiranía castrista, en tanto avanza el acercamiento con Washington y se abren novedosas opciones a más largo plazo de cambio controlado en Cuba. En segundo lugar, porque Washington teme que el fin del régimen chavista ocurra de tal forma que arrastre a Venezuela a un panorama de caos y anarquía inmanejables, abriendo las puertas a la masiva intervención militar como única garantía de orden en el país. Washington detesta la idea de que los militares adquieran un rol protagónico en una nueva etapa post chavista. Por desgracia, esta decisión estadounidense, en teoría razonable, choca con la realidad de que la prolongación de la agonía del régimen chavista, para conducirle a los trámites constitucionales previstos el 2018, significa la destrucción final de lo poco que resta de nuestra economía, sociedad, e instituciones.
Dicho sin eufemismos: la oposición democrática venezolana no debe ajustar sus tiempos a los de Washington. Y no nos engañemos: detrás de los llamados al “diálogo” y respaldando a los mediadores que intentan concretarlo, se encuentran los intereses de Washington, La Habana, Madrid y el Vaticano. Todos estos actores, por diversas razones, han pretendido negociar una salida a la crisis que garantice, de un lado, la permanencia del chavismo en un marco de poder compartido, confiando que se evite la ruptura militar y de alguna forma Venezuela se mantenga estable. De otro lado todos estos actores aspiran que nuestro país siga, al menos en alguna medida, suministrando a Cuba el apoyo requerido para apuntalar al régimen castrista durante un lapso prudencial.
Insisto: No se trata de que Obama, el Papa y Rajoy repudien la democratización de Venezuela y Cuba. Lo que temen es la inestabilidad. Ahora bien: los intereses de la liberación de Venezuela y de Cuba no son los mismos que los de Washington, Madrid y el Vaticano. La oposición democrática en Venezuela debería tener claro que no es deseable en modo alguno una salida negociada que permita al chavismo mantener posiciones de poder, pues tal cosa significaría viciar el proceso de cambio de toda sustancia legítima y convertirle en una pantomima vergonzosa y carente de viabilidad. En segundo lugar, una Venezuela liberada del despotismo chavista no debe continuar sirviendo de muleta a la tiranía castrista. La ayuda económica debe cesar de inmediato y todos los mecanismos de control y dominación implantados por el castrismo en Venezuela, en términos de personal de seguridad, militares, asesores, etc., deben ser expulsados del país de manera civilizada pero sin excepciones.
En vista de la creciente descomposición de la tiranía chavista, resulta imperativo que la dirigencia democrática entienda a cabalidad el marco geopolítico dentro del cual actúa, los intereses en juego y las maquinaciones en marcha, destinadas o bien a obstaculizar o bien a desvirtuar el que tiene que ser el objetivo fundamental de la lucha: ponerle fin definitiva e irreversiblemente al régimen de oprobio que tiraniza a Venezuela. Venezuela primero, Cuba libre también.
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