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Tuesday, August 23, 2016

Capitalismo y tiempo de ocio

Por José Carlos Rodríguez

 
El empresario mejicano Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo, ha vuelto a proponer como solución a los principales males de la civilización la reducción de la jornada laboral a tres días semanales. Slim considera que los avances en la tecnología y la productividad de las empresas hacen que se amorticen los puestos de trabajo, y desaparezcan las oportunidades de emplearse de la clase media. La solución no es crear empleo, sino repartir lo que quede: Tres días una mitad de la población, otros tres días la otra, y todo sigue funcionando durante toda la semana, salvado sea el séptimo en el que hasta Dios descansó. Mirada de cerca, esta propuesta es perfectamente absurda. No sólo no es cierto que desaparezca la demanda de empleo con el avance tecnológico, idea que equivale a decir que la tecnología provoca el fin de la escasez. Sino que con tres días de trabajo dejarían de hacerse muchos proyectos productivos de los que nos beneficiamos. Y, por supuesto, el trabajo no es una masa fungible que puedas repartir en dos mitades.


Slim propone un cambio gradual, pero eso no es más que un recurso dialéctico para hacer pasar por razonable lo que no lo es. Y, sin embargo, sí tiene sentido reducir el tiempo de la vida dedicado al trabajo. Pero no como una medida política, sino como el desarrollo normal de las sociedades capitalistas.
A medida que se ha extendido el capitalismo, se ha acortado el tiempo dedicado al trabajo. Eugen von Böhm-Bawerk señaló en Capital e Interés que el tiempo de ocio formaba parte del consumo, desde el punto de vista económico. El ocio, entendido como el tiempo que no le dedicamos a realizar una actividad productiva, remunerada o no, supone una satisfacción inmediata, por lo que creo que es correcto incluirlo dentro del consumo. Si el ocio es consumo, es lógico que con la mayor riqueza, al igual que aumenta el consumo de otros bienes, también lo haga el del tiempo de ocio. Más, cuando ese tiempo es necesario para poder consumir los otros bienes.
Conspira contra esta tendencia una fuerza contraria: la riqueza aumenta de la mano de la productividad del trabajo, de modo que cada hora que añadimos a ese trabajo nos reporta más bienes o, expuesto de otro modo, cuanto más productivo es el trabajo, renunciar a una hora supone renunciar a un mayor consumo. Generalmente, si esa mejora de la productividad es temporal, se aumentará el tiempo dedicado al trabajo, pero si se ve como permanente, se puede sacrificar esa mayor renta por un mayor tiempo de ocio, o más bien dedicar una parte creciente de esa mayor renta al ocio.
Los datos apuntan en esa dirección. Según Michael Huberman y Chris Minns, que han recogido datos de once países europeos, más Australia, Canadá y los Estados Unidos, la tendencia va claramente en esa dirección. La media ponderada de estos países, que podemos identificar grosso modo con las sociedades capitalistas, era de 64,3 horas mensuales de trabajo en 1870. Desde entonces se observa una caída apreciable, pronunciada, y sin remisión. Y así, en 1929 la media era de 47,8 horas. Tras la Gran Depresión, esa tendencia a la baja se modera. Pero tras el fin de la II Guerra Mundial vuelve a recuperarse esa tendencia. Así, en 1950 se trabajaban de media 45,4 horas en esos países, y en 2000, según los datos recabados por Huberman y Minns, 36,3.
Aunque para este período vamos a recurrir a otras fuentes. Según The Conference Board, los irlandeses trabajaban a lo largo del año 2.513 horas de media en 1950, y 1.821 en 2016, una reducción del 27 por ciento. Elijamos el país que elijamos, los resultados son los mismos: Alemania de 2.427 a 1.376, el Reino Unido de 2.010 a 1.680, España de 1.975 a 1.693… Los que recaba la OCDE muestran una tendencia congruente. Hay una media del club de países desarrollados desde el año 1970. Entonces, la media de la OCDE era de 2.015 horas trabajadas al año, y los últimos datos disponibles, que son de 2014, recogen 1.770.
Pero esta es sólo parte de la historia. El número de horas al año es fijo, y por tanto cuanto menos horas dedicamos a trabajar, más los tenemos de ocio. Pero eso no ocurre con el número de años. La esperanza de vida está aumentando, y con ella el número de años que esperamos vivir retirados del trabajo. Así, la media en 1970 era de 15 años para las mujeres y 11 para los hombres, y en 2014 es ya de 22,3 años para las mujeres, y 17,6 para los hombres.
En definitiva, sin la intervención de empresarios u otros especímenes con ideas geniales de ingeniería social ni políticos que las lleven a la práctica, lo cierto es que el tiempo de ocio no ha dejado de ampliarse bajo las economías de base capitalista.

Capitalismo y tiempo de ocio

Por José Carlos Rodríguez

 
El empresario mejicano Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo, ha vuelto a proponer como solución a los principales males de la civilización la reducción de la jornada laboral a tres días semanales. Slim considera que los avances en la tecnología y la productividad de las empresas hacen que se amorticen los puestos de trabajo, y desaparezcan las oportunidades de emplearse de la clase media. La solución no es crear empleo, sino repartir lo que quede: Tres días una mitad de la población, otros tres días la otra, y todo sigue funcionando durante toda la semana, salvado sea el séptimo en el que hasta Dios descansó. Mirada de cerca, esta propuesta es perfectamente absurda. No sólo no es cierto que desaparezca la demanda de empleo con el avance tecnológico, idea que equivale a decir que la tecnología provoca el fin de la escasez. Sino que con tres días de trabajo dejarían de hacerse muchos proyectos productivos de los que nos beneficiamos. Y, por supuesto, el trabajo no es una masa fungible que puedas repartir en dos mitades.