Monday, November 14, 2016

Paisaje después de la batalla…


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Por Álvaro Vargas Llosa
El paisaje después de la batalla, como en la película de Wajda que lleva este título, importa tanto o más que el resultado de anoche. Lo primero es el divorcio emocional entre la clase política y la población. Esto había ocurrido en otros países pero no había sido tan evidente en Estados Unidos como hasta ahora. Pocas veces hubo dos candidaturas tan impopulares, una más que otra, y tantos ciudadanos enemistados con lo que representaban. La consecuencia puede ser una transformación de los partidos dominantes o el surgimiento de fuerzas alternativas con capacidad de hacer frente a los republicanos y demócratas en serio. Desde la desaparición de los Whigs en el siglo XIX, no había un peligro tan grande para los partidos establecidos en este país.


Lo segundo es el encono en la sociedad estadounidense, ya no sólo entre liberales (a la usanza norteamericana) y conservadores, sino entre grupos étnicos o estratos sociales, y entre quienes valoran los fundamentos de la república entendidos tradicionalmente y quienes están dispuestos a reemplazar el sistema por algo distinto, dominado por el voluntarismo político.
El abismo entre votantes afroamericanos e hispanos, por un lado, y un amplio segmento de votantes blancos, por el otro, o entre la población blanca con alto nivel educativo y la que tiene educación inferior, no es un dato estadístico sino un reflejo de temores, desconfianzas y, en muchos casos, prejuicios y actitudes tribales frente al otro.
No digo que peligre la democracia o el liderazgo de Estados Unidos, pero sí que esa democracia está en riesgo de funcionar de un modo distinto, sometida a un clima confrontacional muy enrarecido y con un nivel de intervención de lo político en la vía social sin precedentes modernos.
El creciente populismo será una referencia bajo el nuevo gobierno por la presión de la izquierda y la derecha. No es la primera vez que surge el populismo en Estados Unidos. Hubo el populismo de los Padres Fundadores o el de Andrew Jackson, pero no eran corrientes que descreyeran de las instituciones: creían que las elites debían ver su poder recortado para que ellas funcionaran. Luego hubo el populismo de finales del siglo XIX, ese sí proteccionista, con un partido que llevaba ese nombre.
El populismo de hoy, tanto en el Partido Demócrata, es decir en su versión económica, como en el Republicano, en su versión más bien política aunque también con elementos proteccionistas, implica una actitud desconfiada de las instituciones, a las que se percibe dominadas por intereses, y del mundo exterior. El papel del director del FBI en la saga de la investigación a Hillary Clinton da una idea de hasta qué punto las instituciones se han convertido en una pelota de fútbol que unos y otros patean.
Por otro lado, el hecho de que muchos votantes de Clinton heredados de Sanders tuvieran una visión contraria a la globalización parecida a la de Trump indica que en estos años será muy difícil hacer aprobar, por ejemplo, acuerdos comerciales amplios como el Trans-Pacific Partnership o el que se ha estado negociando con Europa.
A la polarización entre demócratas y republicanos, se añadirá, en los años próximos, otra: la que vivirán los partidos en su interior. Mayor es el riesgo de fractura o autodestrucción del Partido Republicano que del Partido Demócrata. Debilitados, los líderes de los partidos pueden perder su capacidad para moderar los impulsos de los demagogos que cobren fuerza y preservar consensos básicos.
Las dirigencias demócrata y republicana tienen intereses comunes más importantes que sus diferencias, pero no se dan cuenta o no les importa demasiado. Ya vimos durante la Presidencia de Obama que el gobierno estuvo a punto de cerrarse varias veces por la incapacidad de la Casa Blanca y el Congreso para ponerse de acuerdo.
La economía será determinante para la acentuación o moderación de estas corrientes. Una economía que no ha logrado crecer 3 por ciento en uno solo de los años transcurridos desde el estallido de la burbuja crediticia a pesar de estímulos monetarios sin precedentes (se ha quintuplicado el balance de la Reserva Federal) y que acumula una deuda total (gobierno, empresas, familias) cuatro veces superior al PIB.
Por último, Estados Unidos vive con ansiedad el desafío a su liderazgo por parte de potencias -China y Rusia- ante las cuales no tiene una política definida y la perseverancia de los grupos terroristas islámicos que no ha logrado todavía domeñar. A pesar de su superioridad tecnológica, económica e institucional, muchos estadounidenses han interiorizado el discurso del “declive” de su país: terreno propicio para el surgimiento de liderazgos iluminados. Urge, pues, que el liderazgo político devuelva credibilidad a la clase política y confianza en sí misma a la sociedad buscando, como los Fundadores, que se odiaban pero construyeron una república perfectible, un consenso sobre lo esencial.
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