Thursday, December 22, 2016

CONVERSACIONES CON EL TIO GILBERTO IV

REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela
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Hacía solo unos meses había iniciado esta aventura y la historia de mi país, como yo la conocía, se retorcía en una variedad de contorciones que me causaban una multitud de emociones irreconocibles. Mi formación se había dado alrededor de un colegio católico, cantidades de curas, una prensa amordazada, una Universidad elite como se consideraba el Tecnológico de Monterrey, pero totalmente marchando al ritmo del establecimiento, empresarios pegados a la ubre del gobierno mercantilista y ello, me formaba un paradigma que ahora en unas cuantas reuniones con mi tío se derrumbaba con estruendo. La historia la deberían de escribir los filósofos, escucharía muchos años después, y mi tío sin duda era un gran filósofo.


Sin embargo, antes que filósofo, era un gran abogado y como el mismo librillo de Juan Gonzalez Alpuche que tan bien lo definiera; era un hombre que había dedicado su vida a la defensa del principio de la legalidad. Por ello, como abogado sufría siendo testigo de como el sistema judicial, la ley en nuestro país producto de esa revolución en busca de justicia, se utilizaba para agredir lo que supuestamente debía de proteger. Pero don Gilberto era un abogado quien no solamente defendía la ley, luchaba por que la confección de esa ley, fuera traducida en justicia, y sobre todo, en algo que los revolucionarios del mundo nunca encenderían, promoviera igualdad, pero igualdad ante la ley.

Mi tío había escapado la contaminación cultural e ideológica del resto de los mexicanos, por ese gran amor a la ley y, siendo la Constitución liberal de 1857 la que todavía regia los destinos de Mexico, él no sólo la respetaba, la admiraba intensamente y procuraba apasionadamente su cumplimiento totalmente convencido de su hermoso contenido. Era el primer hombre que yo conociera sobreviviente de esa época de caos revolucionario que, así lo reconocía, como un verdadero caos y afirmaba con fuerza, cómo era que los principios que le dieran vida el movimiento, aun cuando no bien expresados, si con claridad exhibía su estruendoso fracaso.

¿Cómo te fue en la gubernatura tan joven? Le pregunto en esta reunión. Reinicia Don Gilberto; Al minuto que don Adolfo de la Huerta partiera a Mexico, me propuse establecer un marco jurídico para que las elecciones se desarrollaran y a través de un escrito, definía con claridad las garantías a los candidatos de orden en las elecciones, y sobre todo, imparcialidad absoluta de parte de las autoridades. Era pues mi gran oportunidad de ver en acción ese proceso democrático que le daba vida al nuevo país, después de la feroz revolución. Pero al General Calles no le pareció lo que yo como gobernador preparaba y, siendo como antes te lo comentaba, el cacique del estado, inició una serie de hostigamientos como forma de presión para intimidarme, lo cual, como el mismo se daba cuenta con ya gran molestia, no lo lograba. La situación llegaba a ser tan tensa que el presidente Carranza tratando de evitar problemas, restituyó a don Adolfo a la gubernatura.

Sin embargo, se había dado mi primer enfrentamiento con el Gral. Calles y así como Obregón, con visión profética me afirmara el que nuestros caminos se volverían a encontrar, me podía haber dicho lo mismo de Calles, puesto que nuestros caminos no sólo se encontrarían de nuevo, pero nuestras conciencias y humanidades chocarían en momentos históricos y de una gran trascendencia para el país. Fue entonces que decidí abrir un despacho de abogado en Hermosillo, pero de inmediato y para mi sorpresa, el mismo Calles proponía se me permitiera ser candidato para la Procuraduría General de Justicia del estado, para la cual fui electo. Pero como yo no había sido ni siquiera notificado, cuando me informaban de mi triunfo, de inmediato lo decliné pidiendo se anulara la elección, puesto que no reunía los requisitos de ley; tenía solo 25 años, y la ley fijaba edad mínima de 30. El General Calles se molestó mucho y sus gentes me calificaron de reaccionario.

Continuaba yo ejerciendo la profesión en mi despacho, cuando me llegó un asunto el cual involucraba una acusación de asesinato en contra de un Capitán Contreras, quien era jefe de la escolta personal del Gral. Calles. Se le hacia responsable de la muerte de un Sr. Castillo originario de Ures, hombre muy estimado en la comunidad. Con la ley en la mano logré se aprehendiera a este sujeto, pero al enterarse el Gral. Calles, montando en cólera ordenó de inmediato se le liberara y me envió un mensaje en el cual, me advertía que si no abandonaba el estado, sufriría graves consecuencias. En esos momentos, con más claridad veía el que el estado de derecho, más que nunca, se ausentaba en la convivencia de la sociedad y en lugar de un tirano, ahora teníamos muchos en los estados.

El Gral. Eduardo García, hombre limpio y decente, jefe del estado mayor del Gral. Calles, personalmente me visitaba para aconsejarme el que hablara con Calles para aclarar la situación. Era una elegante forma de pedir el que me presentara ante el nuevo monarca del estado, pidiendo clemencia por el pecado de tratar hacer cumplir la ley. Le comuniqué al Gral. Garcia que no tenía ningún asunto que tratar con Calles, puesto que en el estado había tres poderes y el solo representaba uno y, con esa acción, era el propio Calles quien actuaba fuera de la ley. Le repetí al Gral. Garcia con toda claridad, que ya era tiempo de implementar un estado de derecho, que yo no tenía asunto que tratar con Calles y por ningún motivo abandonaría la entidad. La situación llegó a tal grado que mi madre, quien se encontraba en Ures, tuvo que hacer viaje especial y convencerme de salir del estado.


Ante los ruegos de mi madre tuve que iniciar mi retirada, pero ya con una gran preocupación: En Mexico se gestaba un nuevo caciquismo aun más peligroso que el que hubiera ejercido Porfirio Diaz con mano de hierro durante más de 30 años. Me daba cuenta que el presidente Carranza no podía tampoco controlar el famoso tigre que don Porfirio le había advertido a Madero lo devoraría. Supuestamente con la salida de don Porfirio, la etapa violenta de la revolución estaba terminada y era hora de la reconstrucción, pero ahora veía con claridad la multitud de fuerzas que se preparaban para un enfrentamiento, por el ahora huérfano poder por todo demandado. Me trasladé entonces a la ciudad de Mexico con la idea de denunciar los actos de Calles en Sonora, pero me encontré con la sorpresa de que nadie me recibía, incluyendo el mismo presidente Carranza a quien conocía bien.
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