Tuesday, November 22, 2016

¿Un tándem Trump-Putin?

Por Álvaro Vargas Llosa

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¿Está Trump dispuesto a convertir su relación con Moscú en una alianza personal con Putin? De la respuesta a esa pregunta depende el orden mundial que rige desde la creación de la OTAN en 1951, el orden europeo que se estableció tras la caída del Muro de, y los equilibrios de Medio Oriente.
La información publicada durante la campaña electoral acerca del espionaje ruso a instituciones estadounidenses, públicas y privadas, incluyendo el Departamento de Estado y el Comité Nacional Demócrata, resultaron poco importantes para los votantes de Trump. Tampoco les preocupó que su jefe de campaña, Paul Manafort, tuviera que renunciar por haber sido asesor de Yanukovich, el ex títere moscovita de Ucrania, o que un miembro de su equipo de política exterior, Carter Page, tuviera que dimitir cuando se supo que tenía negocios en Rusia y nexos con el oficialismo.


Le creyeron a Trump cuando dijo que era necesario llevarse bien con Putin para acabar con el Estado islámico y no tener que inmiscuirse en guerras exteriores costosas. El mensaje aislacionista según el cual no corresponde a Estados Unidos subvencionar a la OTAN ni sostener el orden mundial porque las prioridades son domésticas captó la imaginación de millones de estadounidenses. Esos votantes ven el vuelco a la relación con Putin ofrecido por Trump como el precio a pagar para que Estados Unidos se repliegue. No lo ven como un sometimiento a un dictador ruso expansionista que se mete en asuntos internos de Estados Unidos usando lo que el jefe del MI5 británico llamó “un amplio espectro de órganos estatales”.
No debe sorprender que, a las pocas horas de hablar con Trump para felicitarlo, Putin desatara un bombardeo contra las fuerzas rebeldes en dos provincias de Siria, una de las cuales incluye Alepo, que se desangra desde hace mucho tiempo por el asedio violento del régimen de Assad. Putin debe haber avisado a Trump del inminente bombardeo y recibido de él buenas señales: de lo contrario, habría descolocado al Presidente electo con el que quiere aliarse. No olvidemos que las relaciones con Obama han sido malas y empeoraron cuando, en 2014, Putin anexó Crimea y se apoderó, por vía indirecta, del este de Ucrania.
Putin tiene la convicción de que las revoluciones democráticas del siglo 21 en el este de Europa han sido provocadas por Washington para rodear de hostilidad a su gobierno. A esta paranoia se suma la obsesión de revivir el imperio zarista y utilizar el gas que exporta a Europa como arma para intimidar a Occidente. Una OTAN debilitada por la falta de compromiso de Trump y una Casa Blanca dispuesta a que Siria se consolide como protectorado de Rusia con tal de destruir allí al Estado Islámico calza a la perfección con los planes de Putin. Trump se haya convertido para él en una oportunidad dorada. Si, además, logra que le levante las sanciones impuestas en represalia por sus espasmos imperalistas, mucho mejor.
No sabemos a estas alturas si Trump va a llegar tan lejos en su relación con Putin como para poner de cabeza el orden mundial, o si las instituciones estadounidenses y la opinión pública lograrán frenar ese propósito en caso de que lo intente. Pero no subestimemos ni por un instante la capacidad de Trump de convencer a sus ciudadanos de que una alianza con Putin es la mejor forma de garantizar que el nuevo Presidente pueda dedicar más tiempo y dinero a los asuntos de casa y menos a los de afuera. Porque esa visión aislacionista ya está en la psiquis de sus muchos votantes.
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