Monday, November 14, 2016

Trump, el Presidente improbable

Por Álvaro Vargas Llosa

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Cómo y por qué ganó Donald Trump es un asunto que fascinará a los historiadores del porvenir. En tiempos normales, la pregunta “¿qué clase de Presidente será la persona electa por el pueblo estadounidense?” es un pronóstico; en el caso de Trump, es una adivinanza.
¿Por qué ganó Donald Trump?
Una de las pocas cosas en las que el fenómeno Trump tiene comparación con la elección de otros presidentes es esta: pudo movilizar a su base mejor que Hillary Clinton a la suya. Lo logró pese a haber gastado mucho menos dinero que ella, tener una maquinaria política inferior y haberse recostado para el trabajo “puerta a puerta” en una estructura, la del Comité Nacional Republicano, cuya mayor capacidad política está concentrada en estados que poco tienen que ver con aquellos que le dieron la victoria.


La base de Trump, como la de cualquier candidato en Estados Unidos, no es propiamente la militancia del partido, sino la coalición demográfica y, en menor grado, ideológica construida por la candidatura. En el caso del magnate inmobiliario, esa base se componía principalmente de votantes blancos con poca o ninguna educación superior afectados, directa o indirectamente, por el declive de ciertas industrias en décadas recientes, y temerosos de la globalización y la inmigración. Pero ese grupo no habría bastado.
Trump logró reunir a votantes blancos de la llamada “clase trabajadora” y a votantes blancos más prósperos y, en menor pero suficiente medida, a minorías del norte y el medio-oeste. En ese “mix” demográfico jugaron un papel clave las mujeres. Trump obtuvo el 54% del voto de las mujeres blancas (en la clasificación étnica de Estados Unidos eso excluye, por ejemplo, a hispanos blancos).
Tradicionalmente, la mayoría de los trabajadores blancos de las industrias manufactureras votan por el Partido Demócrata. Sólo en elecciones excepcionales -como la de Ronald Reagan en 1980- lo hacen por el Partido Republicano. En esto, Trump atrajo a un votante novedoso. Las mujeres blancas suelen inclinarse por lo republicanos, pero en esta campaña había una gran incógnita sobre la posibilidad de que un candidato percibido como sexista, que había ofendido a muchas mujeres, pudiera captar dicho voto en números suficientes. A ello se sumaba el que Hillary Clinton había despertado entusiasmo como potencial primera Presidenta.
En el caso de los afroamericanos y los hispanos, es cierto que Trump obtuvo una votación muy baja, como se esperaba. Pero logró un porcentaje superior al de Mitt Romney probablemente porque en el cinturón industrial del país parte del sufragio afroamericano obedeció a razones económicas antes que identitarias. Trump obtuvo casi el 30% del voto hispano, nivel bastante superior, por ejemplo, al que lograron los republicanos en 1996 y algo mayor al que consiguió Romney en 2012. También aquí la identidad fue menos importante que otros factores.
El entusiasmo que despertó Trump en su coalición hizo que el voto de estados donde aparentemente estaba en gran desventaja -como Michigan, Wisconsin, Pensilvania- o iba por detrás de Clinton -como Ohio- su votación fuera mayoritaria. También fue responsable de que en estados como Florida, donde había un empate técnico, el republicano superara a su contrincante.
¿Qué sucedió con Clinton? No pudo movilizar a su coalición con la intensidad suficiente para ganar. Necesitaba reproducir la coalición de Obama, compuesta por afroamericanos, latinos, “millennials” y mujeres solteras. Votaron por ella abrumadoramente, pero en porcentajes inferiores a los de Obama. Por ejemplo, obtuvo entre seis y siete puntos porcentuales menos del voto afroamericano que Obama, mientras que el 70% del voto latino resultó menor que el que cabía esperar en una campaña donde la virulencia de Trump contra la inmigración había elevado el sesgo identitario de ese voto. El sufragio latino en Nevada y Colorado la ayudó a derrotar a Trump, pero incluso en esos estados el republicano tuvo una votación mayor de la esperada.
La victoria de Obama en 2008 y 2012 había hecho pronosticar largos años de travesía del desierto a los republicanos porque los nuevos Estados Unidos tenían una composición más diversa que la que tradicionalmente les había permitido llegar a la Casa Blanca. Es cierto que esa es la tendencia, pero Trump ha demostrado que es prematuro creer que la transformación social garantiza la victoria a los demócratas. La razón es evidente: alrededor del 70% de los votantes son blancos; por tanto, en una campaña donde la política identitaria juegue un papel descollante, siempre cabrá la posibilidad de que el grupo mayoritario -y no sólo los afroamericanos, los latinos o los jóvenes- vote parcialmente con un sentido de pertenencia grupal.
¿Por qué fallaron las encuestas?
No todas fallaron. Dos -los “tracking polls” de Los Angeles Times-USC y del Investor Business Daily/TIPP- pronosticaron el triunfo de Trump. Sin embargo, lo hicieron con errores porque pronosticaron que obtendría la mayoría del voto popular (todo indica que Clinton lo ganó por muy poco).
Fallaron las grandes encuestadoras nacionales -que dieron a Clinton una ventaja de cuatro puntos la víspera de los comicios- y las encuestadoras locales de los diferentes estados. Sólo una dio la ventaja a Trump en Ohio, estado clave, y el republicano obtuvo allí un triunfo aplastante. Ninguna le dio la ventaja en los estados del cinturón industrial, bastiones demócratas, parte del llamado “muro azul” demócrata. En Michigan, Wisconsin o Pensilvania se esperaba el triunfo claro de Clinton. Las encuestadoras locales también fallaron en Arizona, tradicional bastión republicano, donde hicieron creer a los demócratas en una hazaña. Trump ganó con holgura.
¿Qué falló? Dos respuestas parecen tener cierto asidero. Una es la más obvia: el voto oculto. Muchos encuestadores piensan que en los estados demócratas hubo un voto oculto a favor de Trump. Algunos matizan esta idea con un añadido interesante: percibidas como parte de la clase política tradicional, las encuestadoras generaron tanto rechazo entre los votantes de Trump, que su renuencia a participar en sondeos dificultó la tarea de aquilatar el verdadero peso del candidato republicano.
La segunda explicación tiene que ver con el sesgo de las muestras. El muestreo es determinante para el acierto de una encuesta, especialmente cuando el voto es voluntario. No sólo se trata de medir el nivel de participación en general sino, en particular, de cada grupo social. La ponderación del voto afroamericano o latino es determinante. No es lo mismo hacer una encuesta en base a la suposición de que los latinos constituirán el 12 o 13% del voto total que trabajar a partir de una suposición inferior.
En estos comicios, las encuestadoras no sólo ponderaron mal la participación de las minorías sino también el de la mayoría blanca en estados clave. La acusación de que no hicieron un esfuerzo por entender mejor el impacto de la candidatura de Trump y, sobre todo, los factores sociológicos y económicos que impulsaban su voto en ciertas zonas del país merece ser tenida en cuenta.
Es una acusación que también le cae a la gran prensa. Pero no sólo a la prensa demócrata, que es mayoritaria, sino a la republicana. Muy pocos medios de alcance nacional interpretaron con acierto el sentimiento de rechazo de un amplio sector de la población blanca a los cambios producidos en los Estados Unidos, desde el declive de ciertas industrias hasta la diversidad étnica, en décadas recientes.
¿Hará Trump lo que prometió?
Esta es una pregunta muy difícil de contestar. La votación de Trump, a diferencia de la de Reagan, tiene un signo ideológico nebuloso. El populismo es, por lo general, así. Como recordaba recientemente Maureen Dowd en el New York Times, la escritora Salena Zito resumió bien hace ya algún tiempo, en The Atlantic, la relación entre Trump, sus votantes y el “establishment”: “La prensa lo toma literalmente, pero no lo toma en serio; sus partidarios lo toman en serio, pero no lo toman literalmente”. Gracias a que no lo toman literalmente muchos, votantes, en efecto, fueron capaces de perdonar sus ofensas, pero también de dar poca importancia a algunos ofrecimientos de cumplimiento casi imposible o, incluso, de tolerar propuestas que chocan con sus intuiciones en ciertos temas. Esto es un rasgo típico del populismo.
Si Trump cumple sus promesas, construirá un muro en toda la frontera con México; bajará impuestos y aumentará el gasto público; dará un vuelco conservador a la Corte Suprema; revertirá la reforma sanitaria de Obama y tratados de libre comercio como el Nafta; hará más fácil querellar a la prensa; castigará el aborto; renunciará al pacto climático de París; acabará con el acuerdo nuclear negociado con Irán; exigirá a la OTAN y en general a los aliados de su país asumir los gastos de su propia defensa militar; adoptará una política exterior (e interior) basada en el principio nacionalista -con ecos históricos controvertidos- de “Estados Unidos primero” (“America First”); protegerá a la industria estadounidense con altos aranceles; penalizará a las compañías que deslocalicen su producción e impulsará la inversión privada.
Se trata de promesas que en muchos casos requieren leyes -y no sólo órdenes ejecutivas, equivalentes a decretos- y que, en parte, son contradictorias entre sí. El contexto en el que tratará de cumplirlas, si eso es lo que pretende, es el de un Partido Republicano, mayoritario en el Congreso, que no cree en muchas de ellas, una sociedad que en algunos casos se opone resueltamente a dichas políticas y, en el plano exterior, un orden mundial que se sentirá directamente amenazado y opondrá resistencia.
¿Hasta dónde está Trump, un empresario pragmático que en el pasado ha defendido lo contrario de lo que ahora predica o actuado de un modo opuesto al sentido de su propuesta electoral, dispuesto a llegar para realizar lo prometido? Algunas de sus propuestas superan los límites del sistema constitucional: ¿Está decidido a tratar de erosionar la república para transformarla en un sistema populista? Si es así, no hay duda de que las instituciones estadounidenses harán lo posible por resistir el embate. ¿Cuántos de los colaboradores de Trump aceptarán acompañarlo en esa aventura si la emprende?
Nadie sabe hoy la respuesta. Ni siquiera el jefe de su equipo de transición (Mike Pence), sus posibles jefes de la Casa Blanca (Reince Priebus, presidente del Comité Nacional Republicano, o Corey Lewandowsky, primer jefe de campaña), su estratega electoral Kellyanae Conway, su mujer, Melania, o su hija Ivanka, la más influyente de sus vástagos. Ese dato por sí solo dice todo sobre la elección más sorprendente de la historia moderna de los Estados Unidos
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