Monday, October 17, 2016

Joseph Stiglitz: El Euro

Este pasado 5 de Octubre tuvo lugar en la sede abarrotada de la Fundación Rafael del Pino la conferencia del premio nobel de Economía Joseph Stiglitz “El Euro. Cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa” que servía a su vez para presentar el libro homónimo del autor. Para aquellos que no pudisteis estar allí, la conferencia se desarrolló en forma de debate entre el profesor Stiglitz y el exsecretario general del PSOE Joaquín Almunia, debatiendo sobre la correcta formación de la Unión Europea y sus fundamentos estructurales.
Cuando a estos dos keynesianos convencidos se les junta como moderador otro que lo es aún más, como es el director de opinión del diario “El País” José Ignacio Torreblanca, entonces el espectáculo está más que garantizado.



Almunia empezó su intervención haciendo gala del espíritu intervencionista que caracteriza a un ex vicepresidente de la Comisión Europea al afirmar que los mercados no pueden funcionar si los tipos de interés son muy flexibles, porque esto los vuelve inestables. Por ello sostuvo que son los Gobiernos Centrales los que deben regular los tipos de interés no sólo en la Unión Europea, sino en cualquier país que se precie.
Stiglitz le secundó recordando el papel que tienen los tipos de cambio a la hora de fomentar las exportaciones nacionales y por ello, sostiene, los países europeos (en especial los países del sur) se volvieron más vulnerables al someter su poder de intervención en los tipos de interés al banco central europeo.
No seré yo el que defienda a Stiglitz, el profesor iba bien encaminado al decir que los países europeos sometieron su voluntad a un organismo superior común, pero se equivoca al pensar que los organismos nacionales cuando actúan individualmente funcionan eficientemente. Más eficientemente que un organismo común quizás, pero no es ni mucho menos el sistema más correcto puesto que desvirtúa las preferencias temporales de los agentes en el mercado (con la terrible mal inversión de los recursos en los factores productivos que esto supone) y además, cuando se bajan los tipos de cambio de manera artificial, las políticas económicas suelen venir acompañadas del aumento de aranceles a los productos extranjeros, que limitan la competencia y empeoran la productividad nacional.
A partir de este punto empezó el show del señor Almunia, defendió la política del Quantitative Easing que está elaborando Mario Draghi al comprar deudas soberanas (como ya hizo la FED años atrás) puesto que sostenía que esto permitiría liberar margen de actuación de los gobiernos europeos que se traduciría en mayores (todavía) gastos públicos, que ¡atención! deberían venir compasados (para terminar de asegurar el desarrollo económico según él) de un aumento de los salarios europeos, en especial de Alemania, que fomentase los consumos nacionales y estimulase, por tanto, la inversión extranjera (aquí le faltó gritar “Viva Keynes”).
Después de esto tanto el profesor Stiglitz como el señor Almunia parecieron intercambiarse los papeles. Almunia, a pesar de situarse en el bando de la defensa de la unión monetaria en Europa, expuso el que es uno de los mayores lastres de la Unión. Hablaron de como los riesgos financieros del mercado deben ser asumidos por el sector privado (hasta aquí bien, siempre y cuando sean riesgos propios del sector privado y no se le impute riesgos de políticas públicas), Stiglitz cifró con un 75-80% el porcentaje del riesgo del mercado financiero estadounidense que estaba actualmente asumido por el sector privado. Sin embargo, Almunia reconoció la imposibilidad de una correcta apropiación de los riesgos financieros en Europa puesto que al integrarse 19 países en un mercado común, sus riesgos se acaban mezclando, lo cual hace difícil que los países miembros (y el sector privado) decidan hacerse cargo voluntariamente (muy importante esta última palabra) de los riesgos de otros países.
Por el otro lado, Stiglitz pareció defender el significado de la Unión al afirmar que sin un mercado de capitales común en Europa, los países del sur se verían imposibilitados a financiarse, puesto que sus riesgos de impagos serían muy altos y no habrían inversores dispuestos a asumirlos, lo que haría que los países del norte acaparasen toda esa inversión que los del sur dejarían de recibir, y fomentaría la desigualdad en Europa. No obstante, el profesor parecía olvidar el mismo asunto que minutos antes estaba debatiendo, los tipos de interés del mercado. Los tipos de interés compensan los riesgos asumidos, a mayor riesgo mayor es el tipo de interés (cuando no son manipulados por los bancos centrales). Por lo tanto, aquellos inversores que estuviesen dispuestos a asumir mayores riesgos a cambio de rentabilidades futuras mayores invertirían en los países del sur de Europa, y aquellos inversores más conservadores lo harían en el norte, pero en cualquier caso sería la propensión del riesgo de los agentes del mercado la que regulase esta diferencia, y no los gobiernos centrales.
Ya en el turno de preguntas alguno tuvo la ocurrencia de preguntarle a Stiglitz cómo le habían recibido en Alemania tras defender al señor Varoufakis en múltiples ocasiones. Stiglitz cree que las políticas del exministro griego eran correctas y favorables para Grecia pero que fue la Troika la que limitó su actuación. ¡Incluso llegó a afirmar que el programa económico de Varoufakis tenía mayor sentido que el del ministro de economía alemán!
La conferencia se cerró con la apelación del señor Almunia a la creación de un Fondo Monetario Europeo que se encargase de imponer una unión fiscal en Europa, para ajustar los posibles desequilibrios procedentes de ventajas fiscales, la mutualización de las deudas europeas y la asunción común de los riesgos financieros del conjunto de la Unión.
Imagino que el señor Almunia pensó en eso que dicen de que siempre debes terminar una ponencia con un chiste… pero más que gracioso la verdad es que es bastante preocupante que un comisario de competencia de la Unión Europea pueda pensar fehacientemente que la imposición de una fiscalidad común es mejor solución que la libre competencia fiscal que permita a los países reducir progresivamente las tasas impositivas para atraer capital extranjero y fomente la productividad nacional.
En cualquier caso, por si alguien desea leer algún chiste más puede acercarse a cualquier librería a buscar el libro que protagonizó el debate y acabar gritando “Viva Keynes”.
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