Monday, October 10, 2016

Caca de caballo

Alfredo Bullard señala cómo los avances tecnológicos han permitido la concentración de millones de personas en áreas relativamente pequeñas que hoy conocemos como ciudades.

Alfredo Bullard es un reconocido arbitrador latinoamericano y autor de Derecho y economía: El análisis económico de las instituciones legales. Bullard es socio del estudio Bullard Falla y Ezcurra Abogados.
En la ciudad de Nueva York es común que los edificios del siglo XIX tengan una especie de medio sótano, es decir, que el primer piso esté mitad bajo tierra y mitad por encima.
En la segunda mitad del siglo XIX el transporte en la ciudad era caótico. La circulación era difícil. Los accidentes eran frecuentes. Y la contaminación era terrible, generando un gran problema de salubridad. El problema era común en las grandes ciudades de la época, como París o Londres. Pero en esos años no había automóviles.



El transporte se hacía en carros jalados por caballos. Difíciles de controlar, se movían lentamente y con torpeza. Podría pensarse que eran ecológicos. ¿Cómo contaminaban? La respuesta es sencilla: generaban más de medio millón de toneladas anuales de caca de caballo.
Las calles estaban cubiertas de excremento. Se lampeaba hacia los lados formando montículos como se hace hoy con la nieve. Pero a diferencia de la nieve, el estiércol no se derrite y por tanto se acumulaba mes a mes, formando literalmente montañas pestilentes de guano en putrefacción. La lluvia arrastraba restos hacia las casas, atrayendo moscas y haciendo el ambiente irrespirable. En 1898 se celebró la primera conferencia mundial de planeamiento urbano. El estiércol de caballo fue el tema principal de la reunión, casi como hoy lo sería el calentamiento global en una reunión de ambientalistas.
Los edificios de Nueva York se construían con el entresótano por esa razón. Las montañas de estiércol se levantaban a veces hasta más de dos metros sobre el nivel del suelo. El que vivía en el primer piso tenía así una oportunidad de poder ver la calle por encima del excremento acumulado.
Esta situación, descrita por Levitt y Dubner, cambió dramáticamente a inicios del siglo XX. Un invento extraordinario resolvió el problema de salubridad generado por los “ecológicos” caballos: el automóvil.
Como en el siglo XIX con los caballos, hoy describimos el automóvil como un problema igualmente dramático. Pero perdemos de perspectiva todo lo que ha hecho por nosotros y todas las soluciones que irán apareciendo para este nuevo problema.
No advertimos que el avance de la tecnología ha permitido un hecho extraordinario y reciente en la historia de la humanidad: la concentración de millones de personas en áreas relativamente pequeñas a las que llamamos ciudades. Si a alguien se le hubiera ocurrido concentrar 10 millones de personas hace 200 años en un área del tamaño de Lima, la vida hubiera sido insufrible. Se imagina 10 millones de personas cocinando con leña o alumbrándose con antorchas y velas, generando humos y acarreando agua con baldes para cubrir todas las necesidades y procesar los desechos que hoy lanzamos en modernos sistemas de desagüe. Hoy nos quejamos del tráfico pero ir del cono norte al cono sur, que puede tomar una hora, en esta Lima hipotética sin autos hubiera tomado a pie o en caballo cerca de 12 horas.
Sin embargo, el tráfico es un problema complejo y el transporte público un dolor de cabeza. Los taxis son buena parte de ese tráfico. Entre formales e informales, llenan las calles generando congestión, accidentes y contaminación.
Pero como pasó con los caballos, avances tecnológicos e innovación empresarial van generando, casi sin querer, soluciones espontáneas a esos problemas.
Veamos el caso de Uber. Además de ofrecer un mejor servicio, va reduciendo los problemas de congestión, accidentes y contaminación. Esos problemas están en relación al número y tiempo de permanencia de autos en la calle. El taxi común circula vacío por horas para encontrar pasajeros. El sistema de despacho usando la app de Uber con el celular reduce el viaje en vacío de manera sustancial, con lo que se necesitan menos autos para atender la misma cantidad de viajes. Y, además, los autos deben circular vacíos menos tiempo. Ello baja los costos de operación (menos combustible, desgaste, tiempo del chofer), con lo cual habrá una tendencia, que ya se nota, a reducir las tarifas. Por eso Uber les gusta a los consumidores (que quieren mejor servicio a menos precio) y no a los taxistas convencionales que se quejan y los persiguen (porque no les gusta la competencia). Y por eso pretender regular a Uber es tan mala idea.
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