Saturday, July 16, 2016

De cómo Wilson y la Fed prolongaron la Gran Guerra



Mientras el mundo reflexiona sobre el horror incomprensible de la Gran Guerra que estalló hace 100 años, hay una pregunta que no se plantea en la cobertura mediática. ¿Cómo no hubo un acuerdo de paz entre los beligerantes en 1915 o al menos en 1916 cuando quedó claro para todos (especialmente después de la Batalla del Somme) que el conflicto shaía llegado a una posición de tablas y era un holocausto de juventud?
Aunque había habido algunos primeras esperanzas de paz en 1916, se desvanecieron rápidamente a quedar claro que el gobierno británico no aceptaría un acuerdo de compromiso. El éxito político de quienes se oponían al compromiso se basaba en buena medida en el argumento de que EEUU entraría pronto en el conflicto en el lado de la Entente (Gran Bretaña y Francia).



Aunque EEUU había permitido a la Entente (pero no a las Potencias Centrales) acceder a Wall Street sin restricciones durante los primeros dos años de la guerra, la evidencia histórica demuestra que el presidente Wilson se había inclinado por amenazar a Gran Bretaña con el fin de su acceso a la vital financiación del mercado de EEUU para sus esfuerzo de guerra si no negociaba seriamente la paz. Pero Wilson fue disuadido de pedir la paz a los negociadores por su consejero político, el coronel House.
Una historia menos conocida es el papel de la Fed entonces recién creada (que abrió sus puertas en 1914) y sus aliados dentro de la administración Wilson para facilitar la financiación de la Entente. Dos importantes miembros de la Fed (Paul Warburg y Adolph Miller) habían librado una batalla en la retaguardia buscando impedir el descuento de letras comerciales o la compra de aceptaciones (en buena parte para financiar armamento) emitidas por los beligerantes (en la práctica, las potencias de la Entente). Pero habían sido derrotados por la persistencia del jefe de la Fed de Nueva York, Benjamin Strong (aliado cercano de J.P. Morgan y ortos que estaban obteniendo enormes ganancias dando préstamos a Francia y Gran Bretaña) y el secretario del Tesoro, McAdoo, yerno de Wilson. (McAdoo, cuya empresa ferroviaria había sido rescatada personalmente por J.P. Morgan, era también un miembro con derecho a voto del Consejo de la Reserva Federal).
Milton Friedman ha argumentado que la creación de la Reserva Federal no supuso ninguna diferencia para los resultados monetarios y económicos de EEUU durante el periodo de neutralidad (hasta marzo de 1917) o durante la participación de EEUU en la guerra (hasta noviembre de 1918). La diferencia, respondía Friedman, vino después, cuando la Fed permitió que continuara el rápido crecimiento monetario durante un año más. Bajo el régimen pre-Fed, argumenta Friedman, EEUU hibera experimentado también enormes entradas de oro durante el periodo de neutralidad y bajo los procedimiento entonces existentes (para compras oficiales de oro por EEUU) y estos habrían alimentado un rápido crecimiento de dinero de alta potencia y por tanto de inflación. En el periodo de participación bélica, el Tesoro habría impreso dinero sin o con la Fed (como ocurrió en realidad durante la Guerra Civil).
Hay dos grandes advertencias a considerar acerca de la defensa de Friedman de “la Fed no supone ninguna diferencia”. La primera es que la capacidad de la administración y de Wall Street para financiar el flujo de finanzas a la Entente se habría limitado en ausencia de un apoyo por la puerta trasera (mediante aceptaciones y letras comerciales) por parte de la nueva “criatura de Jekyll Island” (la Fed). La segunda es que ambos bandos dentro de la Fed (Benjamin Strong por un lado y Paul Warburg y Adolph Miller por el otro) estaban unidos en alabar la acumulación de oro en el balance de sus nuevas instituciones. Veían esto como un fortalecimiento de la base metálica de la divisa (ambos estaban preocupados de que la creación de la Fed no fuera el inicio de un viaje hacia el dinero fiduciario) y también como un factor clave en su objetivo de hacer de Nueva York el centro financiero número uno en el mundo, desplazando a Londres de ese papel.
Sin estos impedimentos, es posible que EEUU hubiera seguido el mismo camino que Suiza al ocuparse del aflujo de oro de los beligerantes y su potencial inflacionista. Ese camino fue la suspensión de las compras oficiales de oro y una flotación temporal del precio del oro en la práctica. Este último habrían caído hasta, digamos, 10-14$ la onza desde el nivel entonces oficial de 21$ y consecuentemente el dólar (como el franco suizo) se habría revalorizado, mientras que la libra esterlina y el franco francés habrían estado bajo una intensa presión a la baja. En la práctica, las potencias de la Entente no habrían podido financiar sus gastos de guerra mandando oro a EEUU y haciendo que se monetizara este por parte de la Fed y el Tesoro, un proceso que en la práctica gravaba a los ciudadanos de EEUU con un impuesto de inflación.
La suspensión de las compras de oro habría significado una mejor perspectiva de que hubiera un patrón oro mundial recuperado en la consiguiente paz. El agotamiento de las reservas de oro británicas durante la guerra impidió la resurrección de la libra esterlina como dinero en oro. Su supuesta vuelta al oro en 1925fue de hecho un tipo de cambio fijo con el dólar de EEUU. EEUU se habría librado de mucha de la inflación acumulada en tiempo de guerra. A Fed no habría tenido tanto oro como para tolerar la gran borrachera monetaria de 1919 antes de acabar viéndose obligada por un declive en su postura de oro libre para endurecer repentinamente su política e inducir la Gran Recesión de 1920-21- Ese episodio llevó a la Fed durante la década de 1920 a centrarse en la gestión monetaria moderna (cambios políticos contracíclicos y estabilización de precios). Las consecuencias de ese enfoque, finalmente fatal para el orden del oro, fueron el Gran Auge y la Gran Depresión.
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